martes, 3 de septiembre de 2013

El príncipe sapo I

El príncipe sapo I
1.   Acisclo el bravo

Los cuentos de hadas a veces nos sumen en un profundo sueño del que no quisiéramos muchos despertar. Recuerdos que en la infancia aparecen como mundos fantásticos de reinos olvidados. Hace mucho, mucho, mucho tiempo el continente de Awen estaba dividido en dos reinos: el reino de la luz y el reino de las sombras. En el reino de la luz gobernaba un apuesto príncipe de ojos verdes y cabellos plateados. A pesar de su juventud gobernaba con justicia para su pueblo y presidía el consejo del reino con rectitud. Esto le granjeaba numerosas rivalidades y envidias. Se encontraba prometido con la princesa más guapa de Tayga, aunque sus funciones hacía que poco pudiera disfrutar de su compromiso. El reino de las sombras estaba regido por el rey cobra, un tirano que arrasaba los recursos de sus súbditos y marchitaba todos aquellos territorios que sus garras pudieran alcanzar. Era temido por sus habitantes, pues no eran vivos quienes moraban en sus ejércitos. Las lenguas vulgares decían que la noche se alejaba de su fortaleza, y extrañas criaturas se daban júbilo.

Un día llegaron noticias al príncipe de que la podredumbre había atravesado sus fronteras. Las huestes del rey cobra avanzaban rápidamente, y el reino se vería sumido en la oscuridad si nada se hacía. Guiado por el consejo de ancianos accedió a acudir al desierto de Valor, dónde un antiguo sabio le concedería el poder que ansiaba para proteger a su reino. Con una escolta de no más de una quincena de hombres bien equipados partió hacia su destino contemplando con estupor cómo sus aldeas estaban arrasadas y sus ciudades saqueadas. Debería ser cauto, pues el desierto era fiero y no ofrecía tregua al peregrino. Al llegar a lo más alto de una hondonada contempló como una colosal figura de fauces épicas se alzaba sobre su séquito, uno a uno los soldados fueron pereciendo. Se trataba de Acisclo, un legendario y enorme león de una estirpe blanca que se perdía en la noche de los tiempos. Sus melenas doradas en otro tiempo ahora eran blancas y sus ojos se elevaban ahora sobre el joven príncipe.



- ¿Qué me impide matarte, osado viajero? Has interrumpido mi descanso, y la vida de tus hombres no ha logrado saciar mi apetito. – A cada palabra su rugido se elevaba sobre el horizonte y se hacía cada vez más inquietante.
- El rey cobra está asediando mi reino, mis gentes mueren de hambre si no son antes atravesadas por el acero y la oscuridad. Necesito poder, la potestad que una vez mi padre tuvo.
- Eres incauto e inútil. No estás hecho para gobernar, y mi labor para con tu pueblo acabó hace mucho tiempo. Soy el último de mi estirpe, y ansío ser rey. Ayudaré si me ofreces tu corona.
- Que así sea.

Acisclo se tragó al joven príncipe y se dirigió al reino. Una vez aposentado en el trono se puso la túnica purpura y encabezó a los ejércitos. En su interior se encontraba el joven príncipe siendo testigo de todo lo que a su alrededor se producía. Muerte y destrucción. Era un león viejo, pero sabía contener sus impulsos y acabar con las huestes del rey cobra. Poco a poco iban mermando, y la balanza comenzó a desequilibrarse. Las sanguinarios esbirros de la sangre que moraban en cada sombra que se proyectaba sobre la tierra informaron al rey cobra quién envió a su lugarteniente en persona a luchar contra Acisclo. Era un lagarto de colosales dimensiones ataviado con una coraza de acero, y mandíbulas como mandobles. La lucha no se haría esperar por mucho tiempo.


Acisclo estaba exhausto, así que momentos antes de la lucha final liberó al joven príncipe y le concedió la túnica purpura y lo alentó a luchar con él. Debían de evitar que sus fuerzas de choque tuvieran bajas, ataviados de incógnito se postraron en claro de amapola dónde tendría lugar la épica batalla.  El lagarto acudió, y movido por instinto homicida lanzó sus fauces sobre el joven príncipe quién embistió con toda su gallardía hacia la bestia, pero no con la suficiente fuerza. Acisclo lanzó un voraz rugido y montó sobre su lomo al príncipe. Fugazmente la acometida permitió al príncipe asestar con su mandoble y cortarle la cola al lagarto comenzando así a perder el equilibrio. Cuando todo parecía propicio para la victoria el lagarto volvió a lanzar sus fauces sobre el príncipe, siendo interceptadas por Acisclo quién cayó al suelo no sin antes asestar un golpe fatal. El príncipe había salido victorioso de aquel encuentro, pero perdió algo más que un maestro.

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