miércoles, 22 de mayo de 2013

Un ladrón de guante negro


Un ladrón de guante negro

Todo parece despejado. La gente ignora lo que ocurre alrededor, se obsesionan con los aparatos electrónicos hasta el punto de vivir una realidad cuasi virtual. Mientras observo a la chica del vestido violeta y labios carmesí, que casualmente está leyendo la gaceta del revés, me fijo en la perturberante mansión. Desde el metro no logro alcanzar la cúspide de aquel portento. ¿Debería ser mi objetivo? Pero, esa chica sería un problema, no para de mirarme. Seguramente me seguirá. Me agacho para atarme los cordones y dar un respiro a su intransigencia. Mientras se gira, el metro ha llegado a la estación de folk, momento que aprovecho para bajarme y perderla de vista. ¡Ya estoy en tierra! Bueno, más bien parecen piedras apiladas sobre un conjunto de argamasa, ¡qué diablos! He acabado en un maldito camino de cabras. Pero voy a conseguirlo. Si mal no recuerdo la mansión estaba un poco más abajo de estas manzanas, cerca de la comisaría y al lado de una panadería.

Llego a la plaza de armas de una pieza, pues las calles parecen estercoleros. Supongo que habrá una especie de huelga de basuras, me niego a creer que el hedor proveniente de esas calles albergue vida en su interior. Vaya, ¿qué es eso? Es un chico que está llorando. No es mi problema, pero no puedo evitarlo. Le pregunto y me habla de un gato sobre un árbol. Toca trepar. Al bajar como recompensa me llevo un arañazo. ¡Qué chico tan problemático! Le sonrío, es hora de seguir mi camino. Noto algo, como si estuviera vibrándome las tripas. No llevo el móvil encima. Ahora no son las tripas, huelo algo. Huele maravilloso. Ay, Dios, ¡qué hambre tengo! Ahora vuelo… Esos panecillos están riquísimos… Decidido, voy a entrar en la panadería. Además, ya casi he llegado a la mansión, puedo tomarme un respiro. La puerta está entreabierta, tras una especie de caverna que parece conducir a un búnker al fin llego a una hilera de cortinas. La mujer que ostenta el local me produce escalofríos. Mueve las muñecas como si fuese a atraer una escoba, no me extrañaría que saliera volando con una escoba, vaya antro. Vista la primera impresión suelto unos cuantos peniques y me transformo en una ansiosa bestia que en segundos ha saciado el hambre. Ahora sin impedimentos, todo recto, hacia la mansión.

¿Qué habrá dentro de la mansión? Quizás espíritus, porque lo que es la cancela parece que le hubiesen dado sepultura. Seguramente sería el circo de las ánimas malditas, pero la nota indicaba que esa era la mansión, cosa que ya había tenido el honor de comprobar en el metro. Pero es como toda buena pintura, a cierta distancia se manifiesta el arte, pero en su proximidad solo aprecias manchones de tinta en direcciones muy dispares. El siguiente paso es adentrarme en sus dominios, sorteo fácilmente las estatuas en forma de payaso, parece como si no tuviesen ojos o si sus ojos reclamaran mi alma. No es una buena sensación, a lo lejos veo una estilizada y enroscada escalera de mármol. La decoración es exquisita, sin duda. La puerta principal se encuentra brindada, así que poso mis guantes sobre un cristal que se desploma al más leve contacto. Parece no haber moros en la costa, así que, ¡adentro!

A juzgar por su interior, aquí no reside nadie. Creo que realizo un chasquido con los dedos, y a-a-aaachís… ¡Cuánto polvo, mamma mía! Miro mi nota, en el reverso pone que tengo que llegar hasta una especie de salón. ¿Será una mansión fantasma? Creo que empiezo a temer por lo que puede depararme, me meto en estos líos yo solito. Paso por un pasillo repleto de cuadros y bustos de gente que desconozco, y que se desploman a cada paso. Al final un amplio cuadro en el que aparece lo que podría ser una baronesa me mira fijamente, creo que no le caigo bien a la señora del cuadro. Las lámparas empiezan a bailar, me encantaría entonar un vals, pero tengo un trabajo que cumplir. Las ignoro completamente y llego a una especie de habitación centrada en la práctica de esgrima. Dos peleles con una espada, uno empieza a moverse. Ante nosotros, tenemos al Zorro. Empiezo a vitorearlo, momento en el que sale huyendo en dirección hacia la última habitación. Al fin el salón. Al entrar todas las luces estaban apagadas, no se veía nada. Alguien entre sabanas empieza a intentar ahuyentarme. La primera reacción fue lanzarme hacia aquellas sabanas.

En el suelo, tendida estaba aquella chica de labios carmesí. Ahora no llevaba un vestido violeta, sino un elegante vestido de gasa moldeada y amplios tirantes color ocre. Me arrebató la nota de las manos, e incidió en que ella era el remitente. Sólo había ido en busca de las perlas que Davy Jones robó tiempo atrás, pero ahora había una nueva perla que raptar. O eso creía. En un segundo me puso una fría navaja en el cuello, mientras con saña y extremado cuidado le arrebaté sus perlas. La situación era complicada, de espaldas a la pared y con las manos atadas, nada bueno podría ocurrir. Ni una mirada amenazante podría evitar que dejara el botín a dónde pertenecía. Con las manos maniatadas, me pongo de pie y planto cara al destino. De un salto que doy tomo trinchera y quedo postrado ante la mesa. La cubertería salió disparada como si de la metralla de un cañón se tratara. Giro, ruedo, y doy un porrazo contra el suelo, al primer sablazo levanto las manos y quedo liberado. Uno a uno, cara a cara, al fin. Es una situación tan absurda como violenta. Con las manos sobre la cabeza grito clemencia, mientras tiendo las perlas sobre la mesa. Parece tranquilizarse, pero de repente empieza a llorar.

Esta chica es bipolar, Houston, ¿hemos llegado a la Luna? Saco un pañuelo y seco sus lágrimas. Menuda infamia, estaba a punto de cometer una locura. Supongo que me pudo el instinto humano. Ahora sus mejillas están más sonrojadas que antes, y me fijo en sus ojos color caoba. Son fascinantes, y algo ocultan. En su bolso sale a la luz un papel que deja entrever que pertenece al gremio de ladrones. Increíble, me ha arrebatado el botín y reclama atención. ¿Será algún tipo de estratagema? Hago como si mi cuerpo estuviese resentido y dejo aflorar sus instintos maternales. Ella no se ha dado cuenta que he descubierto qué es, puedo sacar tajada de esta situación. Se echa sobre mí, y aprovecho para subir como un escalofrío por su espalda hasta dar con la cremallera. Deja sus cabellos caer, y tienta su suerte besándome. Mientras doy fe del camino que recorren sus labios, mis hábiles manos la despojan de las perlas, y para que no sienta la presión como una sombra persistente apreté los descosidos pantalones y sobre su abertura coloqué las perlas. Con un inmaculado rostro de complicidad cesé sus ansias de descubrir, me puse el jersey y la felicité por haber sido capaz de descubrirme. Con un beso en el aire, me marché…

Volviendo al tren saqué las perlas. Eran falsas, esa chica me hizo creer que las tenía puestas. En cada una de ellas había una palabra… ¿Sería una despedida? 


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