domingo, 12 de mayo de 2013

Ruth I


Ruth I

En la fría madrugada del sábado Alex se disponía a preparar sus enceres como cualquier otro día. Ese día tenía una motivación especial, pues podría ver con sus propios ojos una exposición del rey Arturo y la mítica Camelot. Aquella espada si bien ha sido interpretada por numerosas leyendas, no es más que un vestigio de la mitología celta que pasaba de rey a rey. Siempre se dice que Inglaterra la conformaban tribus dispares, pero su unificación fue gracia de Camelot, pero claro, no adelantemos detalles. El caso es que Alex tenía otra pretensión, desde hace tiempo su novia Ruth estaba indecisa, y este día le manifestaría su amor ante todos... Forjaría un nuevo rumbo...

Mientras iba preparando sus enseres, iba nombrado mentalmente el listado de objetos para no olvidarse de nada, dada su naturaleza olvidadiza. Sonrió secretamente al pensar en que, entre muchas otras cosas, esa era uno de los motivos por los cuales agradecía tener a Ruth consigo. Ella era tan responsable...Se conocían desde antes de que él pudiera recordar. Eran amigos desde primaria, que fue cuando Ruth se había incorporado al colegio, puesto que ella procedía de un pueblo de Inglaterra, Bath.

Sólo quería mostrarle el interés que sentía hacia ella, y su fascinación por la mitología céltica. Sabía del artilugio de la luz, una pequeña piedra que había descubierto a las afueras de Ghresenheller. Toda la larga espera al fin tendría sentido... Mientras aguardaba el momento, los coches se disipaban entre la niebla y las sonrisas burlonas de sus compañeros se difuminaban en sus sentidos, quedando tan solo una, la de Ruth. Aquella sonrisa que cada mañana el alba dibujaba, y sus labios en fricción convertían en miel.

Entraron juntos en el instituto. Aquel año estaba siendo tedioso puesto que, al estar preparando las pruebas de selectividad, no le quedaba mucho tiempo libre para dedicar a sus aficiones. Sin embargo, lo que por un lado era un engorro, lo mejoraba el hecho de que estaba con Ruth en cada una de las clases. Ambos se habían matriculado juntos, como llevaban haciendo desde que tenían la suficiente autonomía como para decidir tales cosas y continuando así la costumbre de sus padres. Ambos formaban un buen equipo, puesto que, en muchas cosas, eran polos opuestos y eso hacía que se complementaran a las mil maravillas. El profesor de la optativa de literatura inglesa dio el discurso de rigor antes de que todos recogieran sus respectivas mochilas y emprendieran el camino hacia el museo.

De camino, él, como hacía cada día, pues estaba en su naturaleza ser atento, le preguntó cómo había dormido Ruth esa noche, puesto que, de un tiempo a esta parte, ella andaba teniendo extrañas pesadillas que no tenían ningún sentido y la dejaban en un estado de confusión y nerviosismo que cada vez se hacía más acusado.

Siempre las mismas pesadillas, el tormento de una vida tan cruel que el destino pretendía repetir a cada paso. Ruth no tuvo una infancia como la de cualquier joven de nuestra edad. No, ella había tenido que hacerse cargo de su hermano cuando su padre habido del delirio de una botella de ron escoses se suicidó, dejando tras el espectro una mujer enferma y dos niñas que apenas estaban siendo adolescentes. Ruth recordaba como la ceguera del túnel no era real, y al cerrarse una puerta se abría una ventana. Su pesadilla era siempre la misma, soñaba con el momento en que conoció a Alex. Alex estaba allí frente a ella brindándole un paño para limpiar su rostro mientras Samantha y Robin se burlaban de ella. Siempre había sido muy torpe, pero Alex era distinto. Desde el primer momento que lo veía miraba en sus ojos al ángel que la salvaría. Se tendía sobre sus brazos, pero al leve contacto este se transformaba en un demonio. Ruth tenía convulsiones cada noche, cómo si el trauma de su pasado le persiguiera y le impidiera ser feliz. Pero todo ello cambiaba al ver su sonrisa cada mañana, al ayudarle a ser más preocupada consigo mismo, y en esos pequeños detalles que tiene el amor. Le tendió la mano mostrando que todo iba bien, y ambos subieron al autobús. El destino estaría por escribirse, y aquella tarde algo especial sucedería.

Mientras estaban sentados en el autobús, ella empezó a contarle a Alex la última pesadilla:

- Ya sabes cómo son mis pesadillas siempre, sabes que tu me salvas, pero, esta vez llevabas algo contigo, un objeto, no recuerdo cual. Y...el sitio, no lo conozco. He pensado que puede ser un recuerdo sobre mi infancia en Bath puesto que me ha parecido identificar el escenario como la campiña inglesa...pero no sé, Alex, igual es porque me he dejado influenciar por la excitación de la excursión de hoy. El caso es que yo me sentía cómoda en ese lugar, contigo.
- No te preocupes -dijo él- ahora ya está. Las pesadillas no son más que eso, pesadillas. No le des más vueltas. Seguro que el cambio ha sido debido a que en tu subconsciente no podías dejar de pensar en mitología y en la excursión. Tranquila, yo estoy contigo. Recuerdas. Tú y yo, contra el mundo.
Le sonrió afablemente y le apretó la mano. Un gesto que aparentemente puede parecer vacío pero que, para ella, era tan reconfortante como estar en casa. Porque con Alex ella se sentía en casa.
- Gracias por estar siempre a mi lado. ¿Te has acordado de preparar los enseres? Siempre llenas la mochila de libros, así que me tomé la libertad de preparar unos sándwiches, y unos brownies para la merienda.
- Tengo una sorpresa para ti... Pero tendrás que cerrar los ojos, y no ahora, sino en el momento adecuado. No te preocupes por los enseres, si estás tú, todo saldrá bien. Además, no me imagino a bandidos por el monte Rowston. En el condado de Licolnshire contamos con los mejores agentes, y nuestro querido profesor Rawlinson sabe guiarnos con exactitud. Olvida tus pesadillas, hoy serás la dueña y señora de tu realidad, haré lo posible porque sea un sueño para el recuerdo.

Justo entonces, el autobús paró y todos empezaron a bajar del transporte. Alex y Ruth bajaron de los primeros dados el nerviosismo y la excitación que sentían. Estaban encantados con esa exposición que llevaban esperando desde hacía meses. Una vez dentro, dejaron sus objetos personales y se presentó Terence, el guía del museo. Era un hombre rubio aunque, debido al paso del tiempo, se percibían varias canas, tendría unos 50 años y poseía los ojos azules más profundos y sabios que jamás hubieran visto. Si no tuvieran ambos una naturaleza escéptica hubieran jurado que, para su edad, esos ojos expresaban más vivencias y experiencias que las de un hombre común y corriente.

Ambos se cogieron de la mano, empezaron a caminar hasta entrar en la primera sala. Se miraron y miraron a su alrededor, extasiados por la cantidad de urnas y expositores que veían alrededor. Libros, armaduras y objetos de incalculable valor por doquier.

Se pararon todos alrededor, formando una "O", de un libro que tenía un aspecto muy antiguo y, por qué no decirlo, bastante ajado. El guía, se puso al lado, hinchó el pecho con orgullo e inició su discurso:

- Bienvenidos damas y caballeros. Me llamo Terence y, como seguro supondrán, voy a ser su guía en esta exposición. Bien, esta exposición consiste en tres salas: la primera, que es en la que nos encontramos ahora mismo, contiene una serie de objetos personales de algunos nobles supuestamente contemporáneos a nuestro protagonista, el rey Arturo. En la siguiente sala, fragmentos, páginas y libros relacionados con dicha temática y la tercera...bien, eso creo que lo dejaré para que lo descubráis vosotros mismos -dijo mientras guiñaba, pícaro, un ojo a su audiencia- Bien, este libro está aquí, en esta sala porque es algo así como "la joya de la corona". Es el libro más antiguo que conocemos y que habla sobre la historia del Rey Arturo. Es especial por varias razones... El hito de fundación en la que se sustentan nuestros ideales, en cada una de sus miniaturas decoradas con púrpura y añil haréis un recorrido a la fantástica Camelot. Es una copia restaurada de un original que se encuentra en la cámara de la corona, junto a la mayoría de pertenencias nobiliarias que hoy podréis aquí observar. Ahora os insto a que os adentréis por cada una de las salas que conforman esta modesta exposición, y si tenéis alguna duda entre Rawlison y yo os atenderemos. Pueden observar cuando deseen, pero no especulen en demasía o podrían hacer emerger a los recuerdos de su letargo. - Se despidió de la multitud, mientras tendió al profesor Rawlinson la gaceta londinense y una taza de té. Parecía inquieto, y alterado, como si presagiara lo que iría a ocurrir. En cierto modo, así fue, y es por lo que se sitúa ahora en nuestro principal culpable. Volviendo a lo acontecido, Alex cogió de la mano a Ruth y marchó hacia los fragmentos de su ansiada Excalibur. Cada uno disponía de un carácter céltico muy similar al de las runas de aquellos pueblos, y podría jurar que lo vio resplandecer. Al tocarlos algo hizo contacto, y una sombra emergió del suelo. Tenía el pelo muy oscuro, lo que junto a sus ojos oscuros y el antifaz que los adornaba, parecía un condotiero italiano recién salido de un recital de ópera. Sus pasos se dirigían a ellos, y con una estruendosa voz parecida a la de un graznido de cuervo preguntó:

- ¿Quiénes sois? ¿Por qué albergas la piedra de luz en tu bolsillo? Serás insensato, es la lleva que liberará el sello. Las sombras se esparcirán, e Inglaterra volverá a padecer grandes epidemias y tragedias. ¿Recuerdas la peste? Bien, yo sí. Hizo que casi formásemos parte de España, y los Tudor decayeran. Excalibur fue en otro tiempo la espada que forjó esta nación, pero ahora sólo es el sello de un demonio arcano. Supongo que no querrás despertarlo.
- Siempre tengo pesadillas, y estos signos que asemejan a una runa aparecen en ellos, ¿crees que podría tener relación? ¿Cómo se llama?
- Soy Tiago. Algunos me llaman el impostor, pero tan solo pertenezco a la última dinastía de anglos, éramos una tribu invencible antes de los romanos y los sajones y vandalos. Éramos los vigilantes del hemisferio norte. Mi tribu ayudó al joven Arturo cuando tan solo era un romano sin tierra y ni patria a forjar esta gran nación, y nuestra misión ha sido defender la unidad bajo la corona. Hace lustros que permanecía en las sombras, esperando morir en paz y que nada de esto llegara a suceder.

En ese momento unos haces de luz recorrieron todo el edificio. El tiempo parecía pararse a cada espasmo, y tan solo Alex, Ruth y Tiago eran participes de lo que había sucedido. Los fragmentos de Excalibur ensamblados nuevamente habían formado tres ristras de círculos que con lo que parecía una habitáculo de sangre daba la entrada a una serie de sombras que se desperdigaban en todas direcciones, manipulando el entorno, y corriendo sin cesar habidos de almas que controlar. Todos los presentes quedaron poseídos. Ruth se quedó pálidos, sus ojos color caoba tornaron a ennegrecidos, y perdió el control de sí. Alex sacó de su bolsillo la piedra de luz, y entre sus manos se hizo cenizas. Viendo el estado de Ruth cerró los ojos, y deseoso de liberarla de sus tormentos se abalanzó sobre ella. La besó, y le declaró su amor. No se sabe a ciencia cierta si sería el amor entre ellos lo que hizo que las sombras de su corazón quedaran disipadas, pero así fue. Ahora deberían arreglar todo el mal que habían causado entre sus compañeros y profesores, antes de que todo ello ocasionara la perdición.

Continuará…
Trama hilada por Mireia.
Un abrazo.


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