miércoles, 22 de mayo de 2013

Recuerdos de papel


Recuerdos del papel

Recuerdo aquella sonrisa oculta entre las más deformes y extravagantes figuras de papel. La papiroflexia era algo que siempre se le había dado bien, era el arte manual de crear vida con sus manos. Manipulaba cada materia con el propósito de obviar el tiempo. Nadie la podía molestar. Sus ojos color lavanda, sus cabellos de un castaño dorado y sus mejillas sonrosadas se ocultaban entre una marabunta de papeles cada vez que pasaba. Siempre que la saludaba miraba aquel cisne pensando en que me arrebataría la vida. Mi corazón no cesaba en palpitar, mientras sus ojos desprendían lagrimas. Ambos recordábamos, y ninguno éramos capaces de dar el paso.

Nunca he sido muy detallista, incluso no escatimo muchas palabras si es necesario. Sólo recuerdo una y otra vez como la conocí. Fue tan rápido e inusual. Tengo una especie de agenda dónde anoto las cosas ingeniosas que escucho durante el día, no sé para qué. Supongo que fue a partir de que me regalaron aquella dichosa agenda. ¿Qué iría a escribir? Entonces sólo anotaba cosas sin sentido, palabras que de un momento a otro se podrían convertir en hechos. A veces podemos poner en práctica lo que nuestro personaje hace pues no es más que nuestra adaptación en un mundo ficticio. Así fue como la conocí.

Camino al teatro con sombrero, un chaleco verde y una pomposa corbata carmesí estaba decidido a ampliar mis miras al mundo de la representación escenográfica. Esa tarde representaban “el cisne de Hamlet” una extraña comedia bailada a modo de salón dónde el amor y los celos se darían cita. El teatro era un poco viejo, y las gradas no podían ostentar más que una austera parafernalia escénica, aún así la calidad de los actores era excelente. La obra finalizó con la caída del cisne, una bella bailarina totalmente cubierta de seda que tan solo dejaba entrever unos preciosos ojos color lavanda. Me quedé sentado a la espera de poder intercambiar palabras con la actriz que había dado vida a tal prodigio.

Cuando el taquillero instó en mi salida allí estaba ella, despampanante. Un cabello castaño dorado, una tez blanquecina y sonrojada, y sus ojos. Mis palabras de halago comenzaron a brotar de unos labios impactados por lo que la visión les transmitía. Transmitían fuego, pasión, un flechazo que ni el mismo Cupido podría evitar. La tomé de la mano, y la acompañé hasta la calle Holmes, dónde tenía un apartamento bastante pomposo. La decoración de escayola modernista y la tonalidad lila y blanco de su techumbre hacía pensar que era una mansión de cuento. Estaba sola, así que me invitó a pasar. No podía rechazar aquella oferta, me sentía inducido a acompañarla, a besarla, y no dejar que aquellos labios color piel de oliva desaparecieran de mi mente, difuminaran algo deformado. Sentado en el salón sobre un tresillo de piel contemplé como mil criaturas poblaban su habitación. Todas ellas hechas de papel, pero conformando un mundo mágico que a cada segundo parecía tomar vida. Cuando se acercó a ofrecerme un trago de whisky todo aquello desapareció de mi mente, y volví a centrarme en ella, en su esbelta figura que cada vez estaba más cercana a mí. Nunca había probado algo tan fuerte como aquella copa, y comprendí que debía sentirse frustrada. Había invitado a un desconocido en su hogar, y el hedor del whisky contrarrestaba el chanel que lucía en aquella ocasión.

Me hablaba de su vida, sus desventuras, y sus pasiones. Era una gran bailarina y actriz sin duda. Pero ante todo anhelaba crear un cisne de papel fruto de la pasión. Sus palabras conforme iban pasando los minutos se volvían cada vez más pesadas… No sabía cómo escapar de aquella situación, así que opté por la vía más rápida, la besé. Sus labios eran dulces, y estaba empezando a excitarme. No pudimos cesar. El juego había comenzado, y el resultado estaba por llegar. Aquella sensación fue frenética, desesperada y tan cálida que acabemos perdiendo la noción entre la fricción de nuestros cuerpos. Posando la mirada sobre la curva superior de su escote, la deshice y besé su cuello. Compartimos miradas entre sorpresa y admiración en una extraña mezcla de sentimientos desconocidos movidos entre sañas de flujos y muy probablemente por las hormonas. No hubo recoveco de su cuerpo que no pudiera explorar esa noche, pues el escondite había finalizado y ahora le tocaba a ella buscar. Cogió mi dedo y lo apretó en un intento de encontrar en mí desconocidos instintos paternos… Un frío comenzó a recorrer mi espalda con sus caricias, poco a poco sentí como mis sentidos menguaban. La rodeé con mis brazos y noté como el corazón se hundía en su pecho. Tras la última exhalación entré en sus dominios, y pasé de verdugo a simplemente humano. Perdí las riendas, el control del dominio. Ambos extenuados hasta nuestras últimas consecuencias quedemos rendidos sobre aquel tresillo de piel que ahora albergaba una historia.

A la mañana siguiente sus delicadas manos parecían un pincel que esgrimía contra el papel. Logró la inspiración para crear un cisne, símbolo de nuestros recuerdos de papel. Ambos sabíamos que aquello jamás volvería a ocurrir. Sin embargo, nuestros corazones siempre quedaron unidos, y cada vez que nos vemos no podemos evitar sentir cierta parálisis y dibujar una amplia sonrisa.


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