sábado, 25 de mayo de 2013

Recuerdos de papel II

Recuerdos de papel II

¿Por qué me torturo de tal forma? Según Napoleón lo imposible es el fantasma de los tímidos, y el refugio de los cobardes. Pero siempre que pasa delante de mí, no puedo evitar sonrojarme. Fue tan especial. Yo no soy nada del otro mundo, sólo una chica en un mundo de hombres, y a veces no comprendo cómo funciona bien este estúpido mecanismo al que llamáis mundo. Soy más bien bajita, pelo castaño pero suelo llevarlo tintado de rojo así que muchos me comparan con un cerezo. Mis ojos son oscuros y según dicen parecen albergar incertidumbre. Aunque soy algo reservada, suelo ser un libro abierto a cualquier expositor que se precie, y me encanta manipular todo tipo de papeles. Mi nombre es…. más conocida como la intérprete o la madre de las golondrinas de papel.

Si vuelvo mi mirada hacia el pasado empiezo, recuerdo como lucía aquel vestido de seda que me cubría hasta los tobillos y una especie de máscara. Representaba una especie de cisne fantasma que sobre la tarima atormentaba al estúpido Hamlet por hacer que sus celos me llevaran a un mundo de ultratumba. Cuando salgo al escenario me impulso por inercia, dejo que mi cuerpo se balancee ante la música de fondo y con genuino espasmo comienzo a emitir vocablos que brotan de mi boca, brota de mí la pasión que es capaz de hacerme evadir. Ese día fue diferente, vi como me miraba. Sus profundos ojos entre castaños y dorados no dejaban de perfilarme la figura, parecía una cámara que pretendía captar cada uno de mis movimientos y a la vez la pócima que lograría tenerme enteramente para él. No sólo eran sus ojos, tenía un cabello negro azabache y salvaje, una expresión inocente, e iba ataviado con un elegante chaleco verde adornado con una corbata carmesí.

Al finalizar la obra casi me desmayo, estaba exhausta. Mientras sobreactuaba no podía evitar que mis ojos se fueran a aquella enigmática figura. Me sentía atraída, pero ya sabéis como somos las chicas, me hice la fuerte pensando en que no intercambiaríamos palabras, más bien podría haber sido como un vago recuerdo pasajero. Solo un observador, mono, sí, pero no más que eso.  Me equivoqué. Una vez me cambié de ropa y posé con un vestido de estampillaciones florales bastante largo y unas sandalias, allí estaba en la puerta. No entendía muy bien lo que me decía, solo asentía mientras me acompañaba a la puerta del apartamento. Comenzaba a anochecer, estaba sola, le invité a pasar. La bodega estaba vacía, así que le pedí que se acomodara entre los tresillos. En la cocina quedaba una vieja botella de whisky de cuando mi padre se pasaba largas noches en vela escribiendo… Pasé al salón y le ofrecí una copa. Larga y tendida, parecía hacerse las horas eternas… Le hablaba de mis inquietudes, mis desventuras, pero lo único que deseaba era probar sus labios. No hubo que insistir con otra historia, cuando me puso dos dedos sobre los labios, me acarició la cabellera, y frente a mí comenzó a besarme. Todas mis creaciones de papel parecían volar en mi imaginación, sabía cómo besar y estaba empezando a sentir como el corazón iba como una locomotora de carbón ilimitado.

Fue una sensación frenética, desesperada… Me aferré a su pecho, mientras sus manos deshacían el escote en cuestión de segundos. Una fría sensación me recorría la espalda mientras nuestros sentimientos afloraban y se sumergían en un crepúsculo de fuego y placer. Mientras besaba mi cuello comencé a sentir como menguaba, me rodeó con sus brazos y pasé a ser la verdugo que sentenciaría su suerte hasta invocar a los mismos dioses el placer que clamaba. Cuando quedó exhausto, lo rendí en el sofá con un beso lento, meticuloso y apasionado que pugnaba contra el mismo tiempo y parecía hacerse eterno, mis brazos sobre su cuello, la entrega estaba siendo total. Al finalizar me sonrío y se quedó dormido.

No podía dormir, tras aquello. Tenía una sensación muy placentera que difícilmente me conciliaría el sueño. Me puse un camisón, y me recosté sobre su regazo, mientras con un papel empecé a realizar encajes, no sabía bien que forma estaba logrando. Cuando desperté tenía sobre mis manos un cisne de papel y sobre mis labios un beso de despedida. Desde entonces siempre que nos encontramos nuestras miradas son efusivas, y una amplia sonrisa se nos dibuja en el rostro.



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