domingo, 7 de abril de 2013

La leyenda de Athos I


La leyenda de Athos I:
Los misterios de Ciudad Calamidad

Sangre y arena. La luz brindaba respaldo a imponente edificios que se alzaban sobre una arboleda de matices dorados. El yeso y el mármol resplandecían una voluptuosa percepción de iluminación en contraste con un suelo árido, sobre el que yacía la mayor masacre de los últimos decenios. Los cuerpos estaban inertes sobre un tapiz que alzaba el triunfo del caos, mientras el joven Athos sostenía la mirada al rostro desfigurado de su padre. Sus ojos habían absorbido la escasa luz y su corazón quedó cerrado a la venganza. Era un joven de pelo castaño, estatura mediana, y fríos ojos verdes. Había sido despojado de todo. La ceguera era su única arma, la ambición su prestigio. Sobre su mirada quedaba registrada la imagen de un pasado que no alcanzaba a comprender, y un futuro que aún estaría por escribirse. Sus inquietudes eran incomprendidas, sólo caminaba y caminaba… en busca de una respuesta, algo que le hiciese sentir la razón por la que continuaba con vida tras aquella tragedia. Buscaba el legado que le había sido cedido, pero no pertenecía a este mundo. Erraba en su intento de comprender la estructura de un mundo consumido por ideales que no alcanzaba a comprender, y en su camino solo sombras teñían el horizonte.


Educado por un veterano assassin de élite cuyo nombre en clave era ‘el frutero’ se forjó falto de valores y consideración. Eran tiempos difíciles. Su maestro se ganó el apelativo de ‘el frutero’ debido a sus artes de expiación, dónde masacraba todo aquello que le cedían dejando tras de sí una pieza de fruta. Por el mismo tiempo, otro joven llamado Gilbert estaba siendo educado en las artes de la espada, pero eso es otra historia que poco tiene que ver con lo que tengo relatar. Athos fue cerrando su corazón poco a poco. Distante, frívolo, despiadado se había convertido en aquello que arrebató el néctar de vida de su familia. Era un instrumento en manos del mejor postor. Como mercenario no entendía de amistad, familiar, ni si quiera el honor era cuestión clave para él. Así era Athos, y así comenzaría su leyenda.

Con el paso del tiempo apareció en los libros de los individuos más buscados de todas las regiones. Distintos nombres en claves se le otorgaba, y ninguno era su identidad. Su vida cambiaría cuando conociera a Elisa. Elisa era el nombre en clave de una joven que solicitó sus servicios. Nunca conoció su verdadero nombre, pero tampoco era algo que le interesase. Solo quería la plata, y en cierto modo las misiones de espionaje eran lo único que realmente le motivaban. Elisa era lo que se podía conocer, como una mujer oportunista. Su pelo rubio recogido en dos amplias coletas y su aspecto informal solo escondía los propósitos de un misterio aún por desvelar. Lo primero que realizó fue sugerirle una oferta que nunca podría rechazar, se trataba del legendario reloj espada, instrumento de dominación con el que al fin podría vengar a su familia. Debía de colaborar con un joven y algo necio Gilbert, quién para entonces se desconocían las intenciones de participación en aquella empresa. Ahí fue el momento en el que empezó su amistad- rivalidad.

El odio y la luz de un mundo que estaba por emerger, pues bien la empresa que habrían de realizar no era otra que la resolución del mayor misterio de Ciudad Calamidad. Elisa puso sobre la mesa un extraño asesinato, y solicitaba de Athos que consiguiese indagar en la posibilidad de un atentado terrorista, al fin y al cabo él era un espia que había realizado ciertas misiones más bien propias de un asesino a sueldo. Tendría que poner en praxis todo lo ejecutado, y colaborar con un desconocido que le suponía más un inconveniente, que una ayuda. Las cartas sobre la mesa. El misterio era el siguiente. En Ciudad Calamidad un extraño arlequín con el rostro pintado de picas ocasionó el descontrol de la ciudad. Mientras altos ejecutivos desaparecían, cientas de figuras de cristal poblaban la ciudad, y sus habitantes parecían haber olvidado sus recuerdos, actuaban como autómatas enfrascados en un mundo que seguían los dictados de una realidad distópica. Era como si le hubiesen lavado el cerebro.

Gilbert era patoso e imprudente, mientras caminaba por la ciudad no dejaba de preguntar a los habitantes de forma desinhibida dónde estaba situada la estación de tren. Lo cierto es que la estación había sido cerrada y convertida en un portentoso edificio de corte clasicista, que encerraba más de lo que aparentaba. No quedaban trenes, todos ellos ahora componían una especie de estructura de vapor inconexa cuyas intenciones se desconocían. Entre las sombras apareció Athos frente a Gilbert y sin articular previa palabra se deslizo entre la apertura de una ventana entre abierta. Los barrotes de hierro le cortaban el paso, mientras buscaba un medio de entrada a aquella morada escuchó alaridos entre la penumbra. Mirada hacia atrás, vio como Gilbert había desaparecido… Momentos después su vista se hizo borrosa, empezó a marearse y poco a poco  se fue consumiendo en una oscuridad que parecía eterna…

Continuará…

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