martes, 30 de abril de 2013

El caso del dragón negro


El caso del dragón negro

Nueva York. 1965. Década de las ideologías. La muerte de J.F. Kennedy sumió a la nación de la más profunda crisis de identidad conocida hasta ahora. Desde la calle Holmes a la plaza de la Libertad los diez distritos neoyorquinos quedaron expuestos a una sombra que se proyectaba en forma de dragón. Las haciendas derruidas en un contexto de guerra fría, y los convulsos proyectos nacionalistas dibujaban un panorama que mucho dictaba de la búsqueda del sueño americano.
- Un día duro de trabajo señor Zweig. ¿Le apetece tomar algo?
- ¿Me está proponiendo una cita, Elisa? –Le clavó sus profundos ojos negros. Pese a contar tan solo con unos 35 años, tenía el rostro magullado y una profunda cicatriz que le surcaba la frente. Tiempo atrás, había servido como infiltrado en la escaramuza de Bahía Cochinos. Pese a ello era docto, se manejaba bien, y muy habido en psicoanálisis, lo cual le permitía bromear con soltura.
- Le propongo un caso. Quién sabe, quizás se enamore, y llegue a inspector. – Elisa era una mujer con mucho carácter, y un gran sentido de la ironía. Sus ojos claros, pelo rubio y figura estilizada hacían que fuera la más deseada de la comisaría. – Le espero esta noche en el hotel Mayson.
Las calles eran inmensos vertederos de ruedas. Apenas dabas dos pasos, y los coches monopolizaban tu mirada. Era la era de los automóviles. Después de cada jornada Henry llegaba a su apartamento, se deshacía del atuendo de policía, y se tomaba una cerveza mientras escuchaba la radio. La guerra del Vietnam y la necesidad de competir contra el comunismo eran el parte diario. También se estaba dando un pomposo impulso por la conquista del espacio, pero eso era algo que a Henry le sorprendía. ¿Cómo podrían conquistar el espacio, si ni siquiera sabían el método de finalizar una tensión bélica que era palpable? Su sueldo no le daba más que para tomar un bisté mal cocinado, y un poco de vino aguado, cosecha de Nevada del 61.
Después de la cena, se apresuró a ponerse el único traje que disponía. Era de su estancia en el ejército, y tenía las hombreras rotas, la corbata desgarrada y la camisa arrugada le daban un aspecto desaliñado. Tomó el paraguas y salió por la calle de los bulevares. No era el mejor barrio de Nueva York, siempre había trifulcas, prácticas ilegales, y se decía que aquella estaba regido por una espiral de corrupción conocida como el dragón negro. Nadie sabía quién movía los hilos en aquel barrio, sólo que la justicia lo había abandonado a su suerte. Se podría decir que Estados Unidos ignoraba su existencia, o si se percataba de ella, simplemente no le interesaba entrometerse. Los gritos se volvían alaridos, gemidos que desgarraban, y una incesante carestía de humanidad. Como de costumbre, escondía en su bolsillo la placa de policía, y avanzaba omitiendo cuanto veía. Al fondo de aquel barrio, se acercaba ‘Delly rost” el lugar del juego. Al fondo del viejo teatro Lincoln se encontraba el hotel Mayson. Tan magnánimo como impresionante. Toda la gente se reunía en él, pues las figuras más celebres de la ciudad posaban en tertulia para el afortunado que pudiera compartir estancia con ellos.
- Señor Zweig. Me alegro de verle.
- ¿Qué tiene para mi esta vez?
- Vayamos a un lugar menos concurrido. Camine directo hacia el jardín, no salude y siéntase en el banco. Allí estará mi informador, con un sobre para usted.
[…]
- ¿Es usted el señor Zweig? – Preguntó un hombre de unos cincuenta años, aspecto juvenil aunque canoso. Lucía un digno traje de color ocre, y un perfume de canela.
- Henry Zweig.
- ¿Su padre era suizo?
- ¿Y eso que le importa?
- Absolutamente nada. Pero sabe, tengo un trabajo para usted. Mi nombre es Louis Anthony, inspector jefe de la comisaría del distrito norte. Si hace cuanto le pido, podré promocionarle como inspector, ¿no quisiera ser un paladín de la justicia?
- ¿Por qué yo, inspector Anthony?
- Mostró mucha potencialidad en las fuerzas armadas, pero quiso ser policía, policía raso. Muchacho, aún eres joven, y puedes demostrar mi talento. Toma el sobre, y demuéstrame que he tomado la elección acertada. No lo habrá aquí, en la puerta le espera mi chófer, le llevara hasta su hogar.
[…]
Al llegar a su apartamento se tiró en redondo a la cama. Estaba cansado, pero la curiosidad le superaba. Al abrir el sobre sacó una nota y un carné. En el carné se le otorgaba un rango de inspector ocasional. En la nota una dirección. No tenía la cabeza para pensar. Apagó la radio y se desplomó.
- Henry Zweig, ¿me equivoco?
- ¿Quién eres?
- Peter Mayer. Soy tu superior en este caso. – Le estrecho la mano con una amplia sonrisa. Era un hombre vestido de negro, con una conservación envidiable para su mediana edad, y unos ojos tan claros
- ¿Cuál es mi trabajo?
- Investigar al ‘dragón negro’.
- Pensé que eso era una fantasía.
- Es hora de que la justicia prevalezca. En primer lugar, investigaremos la muerte de la señora Margaret Tyson. Quizás encontremos algún indicio del paradero de nuestro opresor.
- ¿Qué puedes contarme sobre su muerte?
- Dos casquetes de bala de calibre 37 impactaron en su frente. Muerte limpia.
- ¿Se sabe algo del arma del homicida?
- Una winston Smith del 37. Su código seria era S71983. La compró según nos informó el de la armería un tal Tristán Gastón. Nuestra misión es interrogarlo, ¿podrás hacerlo?
- Sacaré una confesión de ello.
- No me cabe duda de que lo hará. Ahora entre y muéstreme tu potencial.


[…]
La mesa de interrogatorios mullida con el hollín del paquete de habanos, y el hedor del ron no era el mejor lugar para una conversación placentera. Normalmente, solían llevar allí a cualquier rastrero de los barrios bajos para lo que denominaban una inspección rutinaria. Allí se encontraba Gastón, esposado, y con la mirada penetrante.
- Tan sólo sois un par de abusones que intentan hacer valer la justicia con cualquier andrajoso que os encontráis, ¿qué le hace pensar que yo soy el asesino?
- Hablemos de usted, señor Gastón. Regenta ciertos locales de prostitución, y venta de mercancías ilegales. ¿Qué le hace pensar que ese es el mejor contexto para declarar su inocencia?
- Cada uno nos hacemos valer por nuestros propios medios. Nueva York es una ciudad amplia, y usted, tan imbuido por el sistema no puede interpretar lo que ocurre en los bajos fondos, dónde el pez pequeño muere ante el gordo. Sólo vivo por mis medios, inspector.
- ¿La prostitución y la ilegalidad es un buen medio? Es usted sensato señor Gastón. Está sometiendo mi paciencia a ingrávidos hechos.
- América es la tierra de las oportunidades, yo solo brindo fondos a aquellas mujeres que no pueden subsistir por la putrefacción de un sistema que no avala a sus ciudadanos, y doy placer a mis clientes. A cambio de ello me enriquezco, pero no tendría motivos para matar a nadie. A pesar de todo, tenemos cierta ética, inspector.
- ¿Qué relación tenía con Margaret Tyson?
- Era la matrona, pero su trabajo era eficiente. Jamás pudiera pasarse por mi cabeza el hecho de asesinarla.
- ¿Por qué miente tan descaradamente? Tengo unos casquetes de bala y un arma seriada cuyo dueño eres tú.
- Es usted muy agradable inspector. ¿No ha pensado que quizás pudieran haberme tendido una trampa? Es cierto que esa arma es mía, pero cada año la renuevo, y hace tiempo que desapareció de mi arsenal. Es lógico que encuentre mis huellas marcadas en su superficie, es lógico. El hecho es qué quién me la robó quiso que así fuera.
- ¿Tiene muchos opositores sonoros? Todas las ratas tienden a la misma dirección, pero no me extrañaría que lucharan por hacerse hueco ante un mundo de queso deseado.
- En las sombras está el dragón negro…
- Háblame del dragón negro. ¿Quién es? ¿Qué pretende?
- Tan solo nos da una segunda oportunidad a aquellos cuyos medios no nos permitieron llegar a ser un inspector o una persona de bien, ni siquiera teníamos medios dignos para subsistir. Él nos brindo la mano.
- ¿Él? ¿Es una persona? Háblame de ella.
- Nunca he llegado a conocerlo. Periódicamente recibo protección y fondos de un depositario anónimo apodado ‘el dragón negro’. Él nos habla de lo que tenemos que hacer, nosotros sólo estamos agradecidos.
- Parece ser que tenemos una secta en las cloacas de Nueva York, ¿qué pretende?
- Justicia.
- Eso no es justicia.
- Usted nunca lo comprendería, parte de unas bases cimentadas que le impiden contemplarla.
- Eres un bastardo, ¿qué tipo de justicia es aquella que se basa en aprovecharse de la denigrante vida de las periferias, la ilegalidad…?
- Inspector, eso lo desconozco. Sólo puedo afirmarle que el dragón negro nos facilita una vida digna, y que he sido arrestado sin ninguna prueba aparente.
- Tengo en mis manos pruebas suficientes para resguárdesele en la más fría celda. La justicia no dará por sentada su defensa, y su abogada no hará nada para impedirlo. Quiero conocer al asesino de Margaret Tyson, y si no me da ninguna respuesta coherente, daré por hecho su culpabilidad y encierro. Comprenda la situación, podrían embargarle hasta sus locales. ¿Nos vamos entendiendo?
- Es usted muy convincente, ¿cuál es su nombre, inspector?
- Henry Zweig.
- Margaret Tyson era una yonqui antes de que la rescatara. Se convirtió en la matrona de mis locales de prostitución, y su trabajo era eficiente. Sin ninguna duda. Estuvo haciendo trabajos para el dragón negro, y parece que su actitud fue cambiando. Supongo que tendría alguna deuda de sangre corriendo de su cuenta.
- Aclare el hecho. No entiendo a dónde quiere llegar.
- Quizás el ladrón de mi arma fuese la señorita Margaret, quizás pretendiera defenderse contra alguien o algo. Pero es evidente que todo esto me pilla de sorpresa, inspector.
- No me fío de su declaración. Pero es todo por hoy, si le necesitamos, o hallamos pruebas que lo continúen identificando con el autor del homicidio iremos a su dirección. Lo tendremos localizado.
- Cómo usted desee inspector. Espero que la próxima vez, tengamos una visita amistosa.
[…]
- ¿Qué has sacado en concreto?
- Aquí tiene mi informe.
- Excelente, ahora coja el coche patrulla. Vaya a la calle Smith, allí Peter Mayer está lidiando con un tiroteo. Demuestre su valía, mientras redacto su informe y paso a analizarlo.
Al llegar al gran Banco de la Paloma, la situación parecía casi caótica. Los coches patrulla habían explotado, y casi todos sus compañeros se hallaban muertos, tendidos en un suelo frío que clamaba justicia. En el fondo una figura enorme, y negra avanzaba. Era un señor de avanzada edad, con una máscara, y un revólver en su mano. Caminó hacia Henry, y momentos después disparó hacia el inspector Mayer, quién había logrado evadir la escaramuza. El impacto le dio de lleno, hasta perforarle el pecho.
- ¿Qué haces aquí? ¿Deseas ser partícipe de mi justicia?
- Es usted un perturbado.
- Recuerde al dragón negro. Volveremos a vernos. Por ahora, necesito que seas el testigo de mi gran obra.
Partió en una gran limusina negra, brindada, y desapareció.
- Señor Mayer, aguante.
- Henry, ¿eres tú?
- Aguante.
- Es demasiado tarde. Coja el reloj de mi bolsillo, y recuerde, confío en usted. Yo fui quién te promovió a inspector, continúa mi legado, atrapa al dragón negro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario