miércoles, 24 de abril de 2013

Athos: los payasos del pasado


Athos: los payasos del pasado

Las grandes historias siempre requieren de un gran personaje. El pasado es un despropósito, pues a veces incluso los héroes hacen sacrificios demasiado grandes para continuar. Lo cierto es que resultó una tragedia. Mercy y Peter se habían hallado muertos en la calle rúe. Ciudad Calamidad ya estaba dando lo mejor de sí, y solo acababan de llegar. Sus cuerpos tendidos sobre un círculo de sangre, mutilados pero limpios, y con la cuenca de los ojos vacías hacían recordar a Athos su pasado. Cierto es que su carácter era su modo de sobreponerse a traumas pasados. Aquel suceso disponía de muchas similitudes con la muerte de su madre. Aquella mañana tiempo atrás Athos y el pequeño François – François era su hermano menor, quién siempre se levantaba con la moral de Athos, y actuaba a modo de consejero. En la actualidad, era un maestro assassin como Athos, y su discípulo Frute, aunque algo patoso, le logró excelentes resultados- vieron colgada de un techo a su madre, su cuerpo clavado a una estaca, las cuencas de sus ojos vacías… No podían ni siquiera expresar lo que sentían con lágrimas. Ahora Athos debía de enfrentarse a los fantasmas de su pasado.

Volviendo a la realidad, el cuerpo de Mercy y Peter Robertson, hermanos y detectives privados de la propia Scotland Yard, asustó al personal. Gilbert se encontraba anonadado, patidifuso. Tras su fracaso en la estación de trenes, se encontraba haciendo gala de una actitud depresiva, y decía sentirse imbuido por la decadencia. Por el contrario todo esto era un reto para Athos, una forma de resolver su pasado. Detenidamente volvió a observar los cuerpos, y percibió un extraño hedor, no era horrendo, era familiar. Con agilidad logró desenvolverse entre los lugareños, y llegar hasta una especie de Carpa. Era muy extraña. Dentro de ella parecía no avanzar el tiempo, las personas entraban y se quedaban absortas, como si de una especie de secta devora almas se tratase. Cosa que no era muy distinta de la realidad. Dos arlequines con una “J” estampada en el pecho, uno grande, y otro pequeño se les acercaron. Ambos escondían una perfilada sonrisa, y con gestos y ademanes les invitaban a pasar. Gilbert, más incauto y demorado pasó. Athos les sostuvo la mirada, cuando estos la apartaron. Pudo ver la realidad. No eran espectadores lo que allí había, sino ánimas malditas que reían, comían, hablaban… Mientras sus cuerpos marchitos cedían, y eran consumidos por el tiempo. Mientras tanto, los arlequines devoraban su esencia, hasta que muchos de ellos simplemente desaparecían. Entonces, volvió a mirarlos, ya no eran arlequines, sino dos sombras, una alta y otra baja, cuyas garras se hundían en su rostro, haciéndole recordar la muerte de su madre. Sin duda, eran los payasos de su pasado.

Llegaba el momento de la acción. Athos destacaba por su rapidez, sin duda. Pero su venganza clamada esa noche a machetazos que se desvanecían le hacía dilucidar lo irreal. ¿Sería aquello tan solo una ilusión? Maldita sea- clamaba al viento. Gilbert, despierta de tu letargo. Aquellas palabras de apoyo sincero le hicieron volver a su virtud, y una luz cegadora disipó la oscuridad. El reloj espada había aparecido, en las manos de Gilbert. Athos por el contrario absorbió aquella oscuridad hasta materializarla en una daga, pequeña sí, pero muy certera. Su daño no alcanzaba al cuerpo, sino al alma. Un lastimero toque, y aquellas sombras perecerían. Athos logró un raudo golpe desde abajo, enviando a las tinieblas a esos arlequines. En ese momento la carpa desapareció. Ciertamente, no era la solución del misterio de Ciudad Calamidad, pero al menos los payasos de su pasado habían desaparecido, y habían logrado despertar en ellos un poder interno que les facilitaría la clave del misterio. La próxima parada era el reloj de Hellemburg. 


Dedicada a mi buen amigo Juanjo. Quién la hizo posible.

No hay comentarios:

Publicar un comentario