domingo, 17 de marzo de 2013

La noche de Gilbert


La noche de Gilbert
Nada, absolutamente nada en esta vida es real. Sin embargo, existen ocasiones en las que lo paradójico e irreal es una constante que no te abandona. Un mundo abierto que fluctúa con la realidad hasta convertirse en esa misma realidad. Siempre supe que entre versos mediocres existía una mente encasillada en un periodo de las luces, cuya efervescente embriaguez le concedía el néctar necesario para transformar algo insustancial en una maravilla rodeada de parafernalia francesa sobre vías de hierro candente.
Un vino de Alhendin, un documental sobre la guerra civil en Granada… Las vicisitudes y debates de la estrafalaria derecha no llevaban a buen puerto, lo que hizo que requiriéramos de llamar a Athos quién muy a su pesar tuvo que patearse media Granada hasta la altura de Plaza Nueva. Tras entrar en un portal, un mundo nuevo se cierne sobre nosotros. Esa noche, todos éramos Sir: Sir Robert Loosely, Sir Athos, Sir Gilbert y yo, una mesnada muy curiosa, en un portal más que de recuerdos.


Al pasar el sonido de las aguas retintaba el cuadro inhóspito de Da Vinci. Una desvirtuada composición de sombras y figuras que parecían abrir la veda hacia una realidad más que intangible. La luz de la luna brillaba con la intensidad de un farol que guiaba los pasos de un gnomo hacia su cobijo. La penumbra era nuestra aliada, y en sobre los tapices traslucidos podíamos ver nuestros reflejos, bueno, casi todos. Ninguno nos percatemos de que Gilbert carecía de reflejo. Al final del camino, encontramos lo que sería la salida de un estrecho callejón. Ahora, de repente todo era distinto. El hedor de las calles era insoportable, esbeltos edificios alumbrados con antorchas estaban revestidos del más lujoso mármol pero a su vez abandonados. Solo había por la calle un viejo carcelero, y un truhan que había robado una gallina, seguramente para alimentarse dado su aspecto desaliñado. En cierto modo, éramos idiotas. Estábamos en el siglo XVIII, maldita sea, en la Granada del siglo XVIII. ¿De qué valdría nuestra hidalguía? Recordemos a nuestros fieles compañeros Jean Jullian y Joan King, pero no nos percatemos que en esa época la señal no ofrecería cobertura. Parece ser que más tarde contactaríamos con un tal Kike, pero sería algo raro e inusual.
Busquemos una maldita casa, un cobijo dónde poder pasar nuestras penas y vanagloriarnos con nuestra suerte. ¿Habría sido una brecha temporal? ¿Cómo estábamos ahí? Tantos interrogantes, tanto tiempo. Conseguimos lograr alcoba en la casa de un lugareño que parecía conocer a Gilbert. Ahí es cuando empecé a sospechar, pero no quise poner en alerta al resto de la mesnada, puesto que podrían ser sospechas infundadas. A la mañana siguiente despertemos y tomemos quizás el mejor vino que hubiésemos probado en nuestra vida, pero Gilbert había desaparecido. El humor de Athos es irascible y tenía un mosqueo de mil narices, y era normal. Nos habíamos perdido, pero bien, y habíamos perdido a uno de nuestros compañeros. Pero quejarse no era la solución, debíamos de indagar, debíamos encontrar el nexo de unión entre Gilbert y este extraño mundo. Por las calles las pisadas en los charcos, y los restos de vino eran palpables. Preguntando a las gentes de lugar escuchábamos como literalmente “un maldito gabacho se nos ha colado, un revolucionario.” A lo que habíamos supuesto había ido hablando en francés en dirección a la estación.
Pero, no había estación por aquella época. Las pesquisas nos guiaban hacia un descampado de dónde se suponía que estaría Renfe en el futuro. Para sorpresa nuestra nos topemos con una iglesia al estilo rococó con ciertas influencias clasicistas que desentonaba un poco con el entorno. Jamás hubiese imaginado algo así. Sobre el pedestal Gilbert había sacado su reloj espada, según el parecer era un cierto artefacto de una civilización desconocido que escondía el poder de manipular el tiempo. Tantos años luchando codo contra codo, y quizás nuestro enemigo éramos nosotros mismos. Sir Robert y Sir Athos desenvainaron una especie de dagas y clamaron por Zeus que sí no descendía y explicaba todo este embrollo harían lo que tuviesen que hacer. Debemos ser prudentes, pero ellos no lo eran. En una especie de haz de luz una estocado los dejó inmóviles, como petrificados. Dos figuras atemporales condenadas a observar el vacío de la humanidad durante milenios. Ahí es cuando me di cuenta, Gilbert nunca había existido. Estaba muerto. De un salto me sobrepuse, sacando mi daga con rapidez empecé a notar como mi cuerpo quedaba inerte, pero había logrado alcanzarle, y lo había traspasado. Era un maldito espejismo en medio de una realidad confusa. Al cabo de los segundos, volví a notar vida en mí. Mis compañeros estaban conmigo. Estábamos en nuestra época. ¿Qué habría sucedido? Regresemos todos menos Gilbert. Había sucumbido a la inmortalidad, observando su rostro de piedra impasible al paso del tiempo, esperando un retorno para despertar. No sabíamos bien lo que habría ocurrido, las lágrimas brotaban de los ojos de Sir Robert. Quizás solo hubiésemos vivido una mentira, pero no quise creer eso. Todos sabíamos que existía, y su poesía ebria nunca dejaría de cesar en cada copa de vino del Gotham, en cada paso dieciochesco.
Athos no estaba contento, la ira lo convirtió en algo que odiaba. Era el fantasma de Santana. Su piel blanquecina resplandecía el color de la irá y de una abatida acabó con Sir Robert a quién achacó las culpas. Me resultaba una situación graciosa, nada tenía sentido. Cogí su cuerpo y se lo entregué a su damisela para que lo velara pero ante la vista de su cuerpo inerte siguió los pasos de la misma Julieta ante su Romeo, y se envenenó. Les realicé un velatorio, cogí la espada reloj de Gilbert, que misteriosamente estaba en mi bolsillo, y bajo el reclutamiento de Mariano y su mesnada de actores de Adra nos encaminemos a hacer entrar en razón a Athos. El muy imbécil se cargó a toda mi mesnada de Adra, y quedemos solos, él y yo, en un mano a mano. Estocada con estocada, movimiento con movimiento… A lo lejos dejábamos estelas de luz mientras el rechinar del acero no cesaba de incrementar. Estábamos igualados. Fue en ese momento cuando un patronus dorado apareció y se cargó la influencia maléfica del ambiente. Abrí los ojos, resultaba que me había quedado sopa desde las 5 de la madrugada, y obviamente desperté tarde para el fútbol.

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