viernes, 1 de marzo de 2013

La estación del mudo

Estoy comenzando una nueva obra, más profesional, sobre la que volcar todo mi interés. Llevo escrito relativamente poco dada su complejidad, pero quiero subir un fragmento aquí al blog para que aquellos que deseen leerlo me diesen su opinión. Tengo un esquema prefijado y poco o nada lo alteraré pero no soy ajeno a voces críticas, quizás en una de ellas puedan potenciar mi inspiración. Esto es algo serio, y por ello quería compartirlo. No subiré más fragmentos, solo este. Intentaré tenerla terminada para verano, pondré parte de mi tiempo libre en ello.

Pinchen en leer más, aquellos que sientan el interés crítico de leerla. Un cordial saludo a todos mis lectores.

La estación del mudo

Un libro debería empezar con unas palabras muy bonitas. Sí, si esto fuese un libro y no la atrocidad que pretendo escribir. Mi abuelo, Brian Thompson es un escritor reconocido, seguro que muchos de los que lean esta obra en estos momentos lo conocerán. Lo habrán visto en alguna tira de periódico, algún cartel o incluso en la Televisión. Yo solo vengo a relatar cuanto me describió. Siempre, le gustaba sentarse conmigo en la chimenea, y contarme historias. Historias morales, historias de vidas. Gracias a ello he conocido la vida de muchas personas, y sería una lástima que algo así sucumbiera al empalagoso destino del olvido. Como siempre quiso mi abuelo, escribiré para expresar mis sentimientos. Me da igual no ser leído, me da igual no formar parte de todos aquellos que se muestren reticentes a lo nuevo, pero sí están interesados. Sí de verdad desean abandonar los viejos clichés del mundo de la literatura. Adelante, la historia de mi abuelo comienza aquí…
- Perdone, ese libro de ahí, ¿podría indicarme el valor que tiene?
- Ese libro no está en venta, caballero. Realmente lo iba a desechar, se trata de otro de esos libros defectuosos.
- Insisto. Sí es tan amable, ¿podría cedérmelo?
- Por supuesto. Pero le advierto, no sacará nada provechoso de él.
- Nunca niegue la virtud de un libro, pues es el alma de una persona. Es un libro ya viejo, sin duda. No negaré que su escritura a máquina pudiera contener ciertas erratas en pleno siglo XXI. Pero, sé que por el mero hecho de existir, debe ser leído. Usted, como buen librero, creo que considerará pertinente mi opinión, y no pondrá objeciones a mi deseo de aliviarle este pesar.
- Disculpe caballero. No era mi intención. Por favor.
- ¿Con quién tengo el gusto de hablar?
- Peter Tilly, caballero. Me ocupo de las labores de restauración. Y usted… Si no me equivoco… ¿Pudiera ser el afamado novelista Brian Thompson?
- Está en lo cierto, pero por favor, llámeme Brian. Considero que su formalidad es muy compleja para el estrecho flujo de intercambios. – Le sentó el brazo sobre la espalda, gesticulando una expresión sincera.
- ¿Flujo de intercambios, perdone, señor Brian? No lo acabo de entender. – respondió con actitud de sorpresa. Brian era un hombre que no se dejaría intimidar, era una persona enigmática, y sabía lo que buscaba.
- ¿No lo ve? Cada vez que hablamos intercambiamos palabras. Pero, no, estos no son palabras propias de un simio. Gesticulamos, damos significados, transmitimos mensajes. Con solo observar su expresión puedo deducir que es una persona no falta de ingenio, pero no con una aspiración mayor para ejercerlo. Se siente atraído por la lectura, y con la capacidad para criticar una obra. Siente la necesidad de refutar, cuando ni por un instante ha sido capaz de plantearse en escribir un libro. Y dígame, si tanto deseo tiene, ¿por qué no lo escribe? Vamos, hágalo, y déjese de tonterías.
- Disculpe… No podría.
- ¿No podría? ¿Sabe usted lo que está diciendo? ¿Acaso la élite de intelectuales gañanes que se ven en su trono capaces de escribir algo al gusto de un consumidor indeciso y cambiante son mejores? Muy señor mío, mírese en el espejo. Usted no es peor que ellos. Pero tiene miedo. Teme que sus escritos no sean aceptados por editoriales que solo valorarían cuanto de verdad hay en un mundo comercializado. Yo, yo tengo miedo, escribo para esos a los que teme, y escribo por expresar; pero esa es la razón por la que recurro a esto, la valentía. Este libro que usted quiere desechar, es de un escritor que no ha tenido miedo a ser valiente, a contar la verdad, y aunque no lo crea es mi fuente de inspiración. Es una persona que escribe no para ser leída, sino para curar su mudez. Muchos hablan, tergiversan palabras, obviamente. Pero, pocos tienen tanto que ofrecer. Pocos cuentan la verdad, y escriben por y para la verdad, no temen no ser jamás leídos, no temen que sus escritos jamás nadie los lea. Sólo temen, nada más, que ser como tú, alguien cuyas inquietudes se ven frustradas, por el miedo a expresar tanto como siente por escrito.
- Es usted muy elocuente, señor Brian. Agradezco sus palabras, y para mí es un honor que un escritor como usted decidiera pasarse por esta humilde librería. Tome el libro como un obsequio, pues no es ni la mitad de lo que he recibido de sus palabras, que casualmente es menos de la mitad de lo que usted cree que debería haber sabido. Gracias.
- No tiene porque damerlas. Déselas a las palabras. Ellas son mi fuente de inspiración, yo un mero interlocutor que mueve los hilos entre tanta marioneta. La verdad a veces solo dice sandeces, pero cuando contemplas algo como esto – expresó con el libro en alto.- Comprendes qué es la vida, y lamentas haber vivido todo este tiempo sin conocerlo.
Brian Thompson, bueno, se podría decir que no era tan fantoche como aparenta ser. Quizás un poco melancólico. Era un famoso escritor, ciertamente muy famoso. Entre sus grandes hazañas destaca la publicación de su obra “Apología de Dorotea”, dónde realizó un romance trágico que encandilaba a las masas en general. De hecho creo que sabría recitarlo de memoria, cada mañana entre versos mi abuelo lo recitaba en el desayuno. Creo que sería algo así como una capacidad mecánica para memorizar. No lo conocí tan joven, como el que estoy relatando, pero vi su fotografía de cuando era joven. Los libros mismos lo recuerdan tal y como él era. Sí quieren una visión más exacta, sólo tienen que buscar en internet, fueron tantas las conmemoraciones que recibió que es extraño no ver su rostro incluso en la tasa. Por supuesto, en mi casa mi familia le preparó una especia de Mausoleo. Era una persona de ojos grises y barba muy profunda. Rondaba la cuarentena, por lo que tenía un rostro tan marcado como expresivo. Como dije era un fanfarrón sí, pero un fanfarrón muy humilde. Se jactaba de la inteligencia que Dios le había concedido, pero sabía reconocer la realidad de cada persona. Y bueno, lo demás lo iréis descubriendo.
- Cariño, estoy en casa. Lo encontré, lo encontré – alzó la voz, mostrando su emoción.
- ¡Oh, por todos los santos! Brian, me has tenido preocupada. ¿Cómo puedes faltar tanto tiempo, y no dejar si quiera una nota? Un día de estos me vas a matar del susto. Tú hijo, Thomas requiere de ti. De nosotros. ¿Lo entiendes? – Mi abuela se llamaba Luisa Collins. Era una persona bendecida con la templanza, capaz de soportar la actitud de mi abuelo, y cuidar a mi padre. Nunca vi a mi abuela puesto que murió antes de que yo naciera, pero decían que parecía un pétalo de rosa sobre el amplio océano azul. Era alta, rubia, unos ojos verdes y pese a su edad conservaba la tez de su piel como sí se tratase de porcelana.  Mi padre por aquellos entonces no tenía más de 7 años.
- Luisa, cariño. No exageres las cosas. Tengo trabajo, tengo reuniones, pero todo eso para mí es tiempo perdido. Ahora que por fin tengo tiempo de descanso quedría pasarlo contigo, y con el pequeño Philip. Esto – enseñó el libro- es solo un pequeño pasatiempo mientras cuido de lo más preciado que tengo en mi vida. Quiero escribir una obra… Y aún no sé como titularla, pero esta vez, esta vez… No escribo para las editoriales –posteriormente sería publicado como tal- quiero escribirlo desde el corazón. Reflejar el amor que siento por vosotros. Pero para ello partiré de cero, volveré a leer, como si acabara de nacer…
- ¡Oh! Estupendo, ahora tendré que cuidar de dos niños.
- No cariño. Leeré y educaré a Phillips, prometo que me tendrás a tu entera disposición.
- Demuéstralo.
- Soltó el libro sobre la mesa.- Lo ves, lo ves… Nada de libros. Vamos Phillips, ¿te gustan los aviones? Mañana iremos al aeródromo con tu madre. Todos juntos. Y cenaremos, mientras vemos los aviones, ¿qué te parece? Toma… Esto es un pequeño reloj de bolsillo, sé que es viejo, y ya no se estilan, pero confío en sabrá guiarte allá dónde creas que tus límites marcan imposible.
Estaba inquieto, los días pasaron y el libro seguía impasible, sobre la repisa. Una noche tras acostar a Phillips no pudo resistir la tentación, y lo hizo, lo leyó. Leyó un libro apasionante sobre la vida de un europeo del siglo XIX:
No es la primera vez que escribo. En su tiempo sentía fascinación por el mundo de las letras, el sentido figurativo de cada palabra, el tránsito de cada idea, el significado de cada expresión. Sentía que podía dominar mis inquietudes, mostrar algo novedoso. Para ello me empapaba diariamente de lectura, y no precisamente tenía por qué ser la de una novela. Sí, es cierto que siento predilección por Shakespeare y Doyle, pero me fascinaba el mundo de la política, el mundo de la tecnología… El universo entero. Por vez primera podía sentir en mí un sentimiento poderoso, alejado de la vida mundana, más mío, más yo. Es imposible expresar todo esto en imágenes, son sólo recuerdos de la primera vez que me puse ante un folio en blanco. Era algo poderoso, mi imaginación volaba, y podía sentir como era capaz de expresarme más allá de dónde mis escasos límites sociales me perfilaban. Podía hablarles a las personas, podía comunicarme con gente que jamás se había interesado por mí, que jamás me conocería de otra forma, que jamás podría imaginar lo que se escondía tras aquellas palabras que les transmitían entusiasmo.
La vida es larga, y jamás sabrás lo que podrá depararte. Quizás los avatares funcionen distintos en un futuro, pero no en el mundo del que yo procedía. Siempre me he definido como un observador, alguien insignificante para el mundo, pero capaz de apreciar su belleza. El mismo hecho de poder caminar por la calle y contemplar la complejidad del ser humana, sus distintas pautas sociales, como se organizaban, relacionaba… Los esbeltos edificios, el abultado tráfico que corría rápidamente sobre una calzada medida por la virtud de la inquietud. Sí, percibía como esas personas que pasaban a mi lado se sentían inquietas, sentían que sus necesidades estaban sujetas a un tiempo superfluo, un tiempo que se agotaría. Siempre me he preguntado, ¿qué es el tiempo? No es una invección de los dioses, bueno eso creería en el caso de que fuese creyente. Pero hoy día no sé en lo que creer, nada de lo que observaba me parecía real, no sentía o simplemente no podía comprender como las injusticias hacían que nuestra sociedad sucumbiera al exterminio mutuo. Mi vida nunca ha sido fácil, realmente nunca lo fue. Y es eso lo que quiero relatar. Como yo, una persona insignificante en un mundo tan inmenso tuvo la consciencia de luchar por lo que creería justo, y todo ello mediante palabras. Palabras carentes de sentido para muchos, abiertas para otros, y muy a mi pesar equivocado. A veces creemos en una inmortalidad que está delante de nosotros, nos llama a la puerta, y nos dice <<Ey, puedes hacerlo, puedes lograrlo, ¿qué te detiene?>> Pero en realidad son banalidades.
Cuando lo has perdido todo, cuando un insignificante acto ha permitido que ocurra tal barbarie, es cuando comprendes de forma razonada.  ¿Y si todo esto nunca hubiese sido real? Aquí vengo a dar testimonio de cómo existe otra madera de comunicarse, de cómo me convertí en escritor, aunque fuese sólo de forma momentánea e indirectamente. La escritura es mi pasión, y quizás muera siendo reconocido por ello, o ajeno a ello. Pero es hora de que, al menos, quién ha tenido la bondad de leer todo cuanto aquí relato, comprenda mi vida, comprenda toda verdad de cuanto aquí relato. Sé que para muchos será difícil de aceptar, se qué puede que sea considerada esta, mi última, obra como apócrifa, que no la reconozca nadie. Pero, siento que puedo expresar con gozo una última voluntad. Mi legado.

1 comentario:

  1. Ramón, un placer como siempre leer tus historias. Espero que el comienzo de esta llegue a buen puerto ^^ Felicidades (el comienzo de una gran historia siempre las merece) y que escribas muuuuchas páginas con ella.

    Victor Legrand

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