lunes, 4 de febrero de 2013

Dulce inmortalidad I


Dulce inmortalidad I

Hojas de laurel que no cesan entre ríos de escarpa platina. Aguas turbulentas besan ajos de cierta neblina. La luz de la luna alumbra sinuosos senderos encubiertos por miles de ánimas cuyo reflejo sirve de guía. Su llegada es inminente, el fin de la luz, el principio de la interminable oscuridad. De pie, estática, la figura inerte de un transeúnte. Abre su mano mostrando afiladas garras que penetran sobre finas partículas violetas que atraviesan su costado. Poco a poco lo envuelven, siendo presa del renacer. Ahora su pesar no es la muerte, sino la vida.  Sobre sus ojos oscuros se alza un nuevo destino endulzado por la evasión de un futuro incierto. La calidez con que las manos del importunio mecen su cuerpo muestran los dados de cuanto azaroso destino tientan la suerte de los más incautos.

Bosquejo mágico de terror que solo la penumbra logra dar luz. En el fondo solo es apariencia, la muestra estética de una antorcha que genera luz en el suelo. Las ánimas se dispersan sobre un ambiente embrujado cuyos árboles esparcen sus raíces sobre una tierra abrupta y platina. La luna es negra, y el cielo rojizo. Su mirada se posa sobre un horizonte perdido, sus afiladas mandíbulas tienden a impulsos sedientos. El hambre se apodera de sus sentidos, la razón abandona su sesera.

Las pisadas de un camino indiferente guían las pautas de un susodicho transeúnte. Su alma elevada inmortal sobre el ocaso de los dioses arcanos de la temeridad guiaran los términos de un contrato vacío de naturaleza. Voces lejanas comienzan a perturbar la paz de aquel maravilloso ambiente. Aldeanos furiosos, se disponían a sacrificar a un ciervo frente al Altar de Atenea cuando sus sentidos lo guiaron ante aquella muchedumbre. La naturaleza ganó el pulso a la razón. Sus endiabladas fauces comenzaron a sorber el dulce néctar del terror, sus sentidos se transformaron en fieras bestias de la noche. Sus ojos se volvieron rojos, alimentando, succionando cada alarido que de ellos emanaba. Los aldeanos corrían en un sentido dextrógiro, la impotencia invadía sus ánimas mientras sus rezos se alzaban a un Olimpo muy ajeno a problemas mundanos.

Solo una niña de mirada inocente posó sus ojos sobre los de aquella bestia, aterrorizada, llorando la muerte de su madre… La bestia abandonó, su mirada volvió a presentar el importunio. Alzó en vuelo, dejando caer tras de sí ajos caídos sobre leguas de laurel. Aquella niña se tranquilizó, su mirada resumante de bondad despertó los lirios de la piedad, una luz violeta parecía alumbrar lo que sería una gran aventura. Depositando sus pies sobre una hierba que crecía ligera a cada paso se adentró en la espesura, siendo el comienzo de una gran epopeya. Continuará…


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