domingo, 17 de febrero de 2013

Cimientos en balde I


Cimientos en balde I

Letanía de una noche, entre cristales y rosales. Se asoma a la ventana la sombra de un agreste pasado. Pese a parecer joven de aspecto, es terriblemente viejo de espíritu, lo que le hace observar más allá de la realidad. En la calle contempla como los niños juegan con un balón, las madres corren sin parar tras unos pequeños traviesos. Todo parece tranquilo, nada incita a alteración. Es el momento de retomar su trabajo. Sobre un amplio estudio los libros de toda una vida conquistan el vacío espacio de los estantes. Obras de autores como Shakespeare o Doyle se encuentran esparcidas por el suelo. Es hora de tomar asiento, y dar cavidad al relato imperecedero.

El reloj marca las siete, el tintero queda a medio vaciar, y un sonido inquietante comienza a perturbar su paz. Inquietado, se acerca al pomo de la puerta. Dejando su rostro apoyado frente a la fría madera de roble, el sonido le hace temblar el rostro. Con el pulso tembloroso, abre la puerta. Deposita sus ojos sobre la traslucida figura que pasa a su habitación.

- Doctor Sturgar, ¿es usted? Doctor Sturgar, ¿está ahí? – Era la figura de un hombre regordete, con perilla prominente y un monóculo revestido de polvo. Su largo sombrero, y escuchimizada capa le daban un aspecto demencial.

- Bu-enas noches, ¿qué le trae por aquí?

- Hemos descubierto la quintaesencia.

- ¿A qué se refiere, Inspector? – Preguntó un tanto atemorizado.

- Tenemos al culpable de los delitos de la calle Short, pero requiero de su colaboración.

- ¿Qué es lo que necesita de mi? Sólo soy un hombre de letras…

- Usted, tiene un talento innato para la deducción, requerimos de ese talento. ¿No ha pensado en convertirse en oficial? Está es su oportunidad.

- Ciertamente, Inspector, tengo mucho trabajo… - Le acercó una taza de té, mientras hizo gesto de desinterés.

- Llámame Hurst, aquí tiene mi tarjeta. Y por Dios, ordene esto un poco.


La tranquilidad volvió a imperar. Al fin podría centrarse en su trabajo. Cada semana, con motivo de la publicación de la gaceta londinense, colaboraba en la sesión crítica, con abiertas cartas anónimas que denunciaban la realidad de aquellos momentos. De sus manos brotaba la denuncia hacia una tiranía cada vez más patente. Esta relativa claridad no tardaría en verse enturbiada. De repente, un estruendo enorme perturbo el ambiente. Salió corriendo afuera. La calle estaba colapsada de gente estupefaciente. Abriéndose paso logró llegar al ansiado epicentro de aquella hecatombe. Recreaciones fieles de cuanto era imposible presenciar. El teatro de tintes venecianos había llegado a la ciudad, era tan real como mágico. Soberbias melodías disponían un ambiente coronado por miles de máscaras. Todos aquellos artistas formaban un coro, la actuación acababa de comenzar. Dos enmascarados blandían largas y finas espadas, mientras un tercero recitaba poesía en lengua antigua << ¡Oh! Desmerecido mundo, ¿cómo puedes permitir tal injuria? Temblad, temblad, pues vuestra piedad será concedida, y agonizarías sobre el frío asfalto lo que habéis de vivir. >> En ese instante blandió dos espadas, y tumbó de un golpe a ambos, quienes desaparecieron para sorpresa del público. Gritos, y halagos continuaron aquella velada que habría de dar comienzo. ¿Qué estaba haciendo allí? Su expresión embobada lo ensimismaba en el delirio perecedero del tiempo. Cuando quiso dar cuenta, nubes de gas invadían la ciudad, revestidas de colores. Fue ese momento, sí creo recordar que sí, en ese momento cayó desmayado…

- ¿Dónde estoy?

- …

- ¿Quién eres?

- Sturgar. Philip Sturgar.

- …

- Soy la quintaesencia de esta ciudad. ¿Servirás a mis propósitos?

- ¿A qué se refiere?

- Haremos un pacto. Me encanta hacer pactos, sinceramente vivo de ello. Me encanta ver como las almas de los humanos perecen a la codicia. Te concederé todo lo que tu corazón más anhela, oro, fama, juventud, inmortalidad… Solo tienes que vivir. En el momento en el que decidas que el tiempo ha sido largo, y decidas arrebatarte mi don, perecerás… Y tu alma será mía.

- ¿Esto es un sueño?

- ¿Has creído alguna vez en las viejas leyendas por las que tanto interés pareces mostrar? ¿Lucifer, Fausto…? Sí, así me han llamado a lo largo del tiempo. La verdad, no tengo nombre, desconozco mi existencia… Y ahora mismo, lo único que me apetece es jugar. Jugar contigo. Demuestra ser merecedor y gozar de mis virtudes, por el contrario si tu espíritu flaquea en algún momento, tu alma será mía.

En ese momento la oscuridad cesó, y sobré él se apreció un claro de esperanza…

- ¡Está vivo! ¡Está vivo!

- Ho- hola, ¿qué ha pasado?

- Oye, sí que es guapo. Te caíste en mitad del espectáculo, has tenido suerte de que te sacáramos del bullicio.

- ¿Cómo te llamas?

- Philip Sturgan.

CONTINUARÁ

2 comentarios:

  1. Muy holmesiano, Ramón ;)

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    1. No puntúe tan a la baja sin conocer el resto del relato. Lo subiré en otra ocasión, sr. Legrand. Siempre es un placer gozar de sus lecturas.

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