domingo, 6 de enero de 2013

Entre las sombras


Entre las sombras

Distópico, pictórico, prehistórico… Qué más dará. El mundo es mundo desde que el ser humano lo hizo así. El día más nublado se cierne sobre una extensa inmensidad. Miles de ojos entornados al son de un eclipse de épicas  dimensiones. Todo quedó anegado de una profunda oscuridad. El miedo hacía mella de inválidos resquicios de mediocridad, la virtud había desaparecido y la esperanza era solo una utopía. Nada parecía importar, salvo la destrucción… y quizás, a lo lejos, alaridos de quiénes su fin era más que inminente. Entre las sombras, exactamente, así es comienza la historia de dos héroes que lograrían poner fin a decenios de oscuridad.

- Maldita sea, Preston. ¿Qué diantres ha pasado? Estoy rodeado de inmundicia. ¿Dónde estoy, maldita sea?
 – Buscó en su bolsillo resquicios de tabaco que se le deshacía entre las manos.- Este es mi fin ¿verdad? Esas malditas cosas no pararán hasta que destruyan la humanidad. – Sonrió, respirando vapor mientras la sangre le brotaba de la boca.

- Estás en casa, Steven. Toma, bebe esto. Has luchado bien, esos malditos han respirado de tu esencia. Aunque se reproducen como las ratas, estas cosas infectas acabaran dominándonos, no sí antes fusilar unas cuantas cabelleras – Le entrega un poco de licor que guardaba.- Es una imagen desoladora. Ya no queda civilización, tampoco esperanza. Sabes Preston, siempre he pensado que la esperanza era de débiles, solo aquellos con el corazón ungido sucumbían con el fin de algo mejor. Pero, míranos, un viejo cowboy de Dallas, y yo, un ex convicto de la prisión provincial, luchando codo con codo contra estas bestias. – Sacó de su bolsillo un habano, en el instante que se sentía embriagado con su olor, escuchó un ruido-

- Buscad entre la maleza. – Becerreaba, mientras sus profundos ojos se clavaban sobre el escondrijo de Preston y Steven. Era un ser realmente horroroso, un esperpento. Una maquiavélica creación de un ser superior al que le gustaba jugar al quién es quién. Sus orejas afiladas, dientes de sierra y prominente olfato les asemejaba a un hibrido entre humano y jabalí. Centenares de ellos, quizás más, hicieron un cerco, acampando en la intemperie.

- Ahora, Preston. Salgamos de aquí – Hizo una señal, mientras cargaba el fusil.

- Nos mataran, Steven. Nos mataran. – Repetía incesantemente.

- Quizás lo hagan, ¿y tú fuiste cowboy? Mírate, das pena. Levanta, coge el fusil. Te recuperaras de esa herida, y si tienes que morir, sé un hombre, sal y lucha. Luchas hasta que el corazón se te salga de las entrañas, hasta que tu último aliento sea una bala de plomo en su costado, solo así, todo esto habrá merecido la pena. No seremos héroes, pero al menos, moriremos con honor.

- ¿Dónde tienes pensado ir? – murmuró entre dientes. El dolor aún le era demasiado reciente, y solo se tambaleaba al caminar.

- Orleans. Tengo entendido que existe una diligencia.

- Tengo entendido – interrumpió.- Qué existen aún multitud de diligencias en Estados Unidos. Resquicios de humanidad. Pero también que están sucumbiendo presa de la falta de recursos. Racionalizan la comida, cada uno lucha por lo que es suyo, se ha perdido toda autoridad – vomitó un poco de sangre, que le hizo pensar en su familia, ya muerta.- ¿Qué diferencia a esas personas de las bestias?

- Son humanos, por Dios Preston, son humanos con los que podemos dialogar. Buscamos un fin común. Y no, no es esperanza lo que siento ahora mismo, pero mientras exista una milésima de segundo que nos permita salir de esta pesadilla, hagámoslo. No perdemos nada yendo, ¿aquí? Solo destrucción, y vacío. Es cuestión de horas que nos encuentren. Vamos – le tendió la mano.-

- Será mejor que vayamos con cuidado. Tengo entendido que esas bestias escuchan murmullos entre la penumbra.

- ¿De cuánta munición contamos?

- Déjame ver. Nada, nada, nada… Dos revolver escasos de munición, y una corredera cuya pólvora se ha mezclado con el tabaco. Llegaremos al fin del mundo, Steven. Vamos diablos emerged – levanto la voz quedándose casi afónico.-

Todo parecía tranquilo. Ni si quiera corría viento. El fango les llegaba a la altura de las rodillas, y caminaban sobre una especie de ciénaga recubierta de miles de hojas caídas sobre lodo negro. El aire estaba perturbado, y el horizonte no resultaba muy prometedor. Tan solo faltó el instante para pasar de un estrecho a otro, cuando el rechinar de un casquete de bala pareció rozar sus cabezas.

- ¿Dónde cree que están, señores? – Era un viejo casi cadavérico, de semblante frío y mirada hosca. En su chaqueta portaba el símbolo de sheriff, y sobre sus manos una voluminosa escopeta semiautomática. – Os lo advierto, no queremos forasteros en nuestros dominios. Mi gente y yo nos bastamos para expulsar a los demonios de estas tierras.

- Sólo somos viajeros, baje su escopeta viejo – Gruñó Preston.

- Calma, Preston. Somos dos humildes errantes que por incauta casualidad erraron al perderse en sus parajes. Ruego que nos disculpe, amable anciano. –En ese momento, desenfundó la pistola, y le pegó un tiro en la rodilla.- Ahora bien, si no desea morir, díganos, ¿quiénes son?

-Cientos de escopetas emergieron de entre las sombras, con su mira puesta sobre Preston. – Suelta al viejo, gritaron. Deja tus armas dónde podamos verlas, en el suelo.

Ambos fueron amordazados y llevados a una especie de campamento guarnecido. Disponían de abastos, ropajes, milicia… Civilización, al fin y al cabo.

- ¿Qué hacían en nuestras lindes? Hablareis, ¡oh! Ya lo creo que sí. – Preguntó un hombre, de aspecto mullido. Disponía de elegantes ropajes, parecía ser el líder de aquella comunidad.


- Devastaron nuestra ciudad. Nos carguemos a cuantos pudimos, pero esas malditas alimañas nos hirieron, y tuvimos que reguarnecernos en el bosque. Continuemos por una especie de sendero repleto de ciénagas, y lleguemos aquí, a la deriva de un pobre viejo infeliz. Ahora, ¿te importaría quitarme ese bicho de los ojos?

- ¿Qué es lo que buscan?

- Pretendíamos llegar a la diligencia de Orleans.

- ¿Orleans? Eso está muy lejos de aquí. Nosotros fuimos un sector de esa diligencia. Sucumbió, al igual que el resto de América. Ahora los pocos que quedamos, sobrevivimos, luchando contra esas bestias. Suéltalos, Lucio. No son bienvenidos por aquí, les dotaremos de armas y suministros, y jamás podrán volver a estas lindes bajo pena de fusilasión.

- Hospitalidad en tiempos de crisis, ¿se puede desear algo mejor? Vayámonos antes de que caiga la noche sobre nosotros.

Mientras se alejaban un silbido pareció predecir lo que sería la devastación. Esas bestias lo devastaban todo, eran animales movidos por el impulso de destrucción hacia lo ajeno. Mientras las milicias se movilizaban, las balas campaban en un ambiente corrupto.

- Volvamos al campamento.

- ¿Estarás de broma, Preston? Ya viste como nos trataron, ¿Qué se las apañen ellos solos?

- Tienen miedo, Steven. Lo vi en sus ojos, todo lo que hicieron, fue por su seguridad. Ayudémosles y quizás tengamos un sitio dónde quedarnos. Un lugar dónde nos llamen héroes.

- Eres demasiado impulsivo. Está bien, pero solo iré por el placer que me resultará cargarme a esos bichejos. Cómo los odios.

Al llegar las bestias parecían haberse multiplicado. Quemaban, arrasaban todo cuanto estaba en su paso, y la milicia se encontraba dispersa en distintos sectores atendiendo a heridos y defendiéndose, mientras su capacidad se veía minada por el abrumador número del enemigo.

- Sabes una cosa, Steven toma mi escopeta, lucharé con esto – Alzó una especie de hacha a dos manos, y se lanzó a la cacería. No era un héroe, no tenía una fuerza sobrehumana. No era nada, pero en sus manos no tenía un arma, tenía el corazón henchido de esperanza. Tenía lo que realmente nos vuelve fuertes, la capacidad de proteger. El odio por la pérdida de su familia había quedado canalizado. Sentía miedo, sí, pero eso quizás fue su principal basa para lanzarse a la lucha. De pie, con el cuerpo aún magullado, recordó porque quiso ser cowboy. Se fue abriendo paso hacia los establos, hasta hacerse con un par de caballos. Ambos, hacha y pistola en manos, salieron a la caza.

El valor que consiguieron infundir sobre el resto de los milicianos, mermó las fuerzas enemigas. Pero en el instante de la victoria, Steven falleció, pereció en el suelo herido de una estocada enemiga, mientras el resto de bestias huía. Y así es hijo, como la acción de un hombre que había reparado la Fe en la humanidad, actúo como detonante para el final de esas bestias. Es una larga historia, que no termina aquí, algún día la comprenderás. 

2 comentarios:

  1. Interesante, Ramón... Habrá que ver tu obra completa ;)

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  2. Gracias sr. Legrand, pero esto era un ensayo con otros personajes para un capítulo de lo que escribo. Todo lo que subo realmente son ensayos, no hay nada definitivo n.n

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