martes, 1 de enero de 2013

Ciudad Fantasía - Episodio Piloto


Episodio piloto, no exento de futuras modificaciones sobre la novela "Ciudad Fantasía".

Preámbulo: Artes Arcanas

Siglo XVII. Continente de Ospentia. Región de Arkós. Las runas ancestrales escondían una ancestral leyenda que decía así:
El poder que ha sido legado por
 los dioses, permita la creación de una dimensión fantástica, un continente en medio de la nada, cuya conexión supondrá el caos. Solo el héroe logrará reunificar el destino de dos mundos.”

- Amadeo, insensato, abrirás un portal maldito. Volvamos a Ciudad Platina. – aconsejó Tyrian mientras blandía su espada en alto en actitud amenazadora. En otros tiempos hubiera accedido en razón de venganza, pero su honor le impedía hacer uso de las artes arcanas, había jurado lealtad a la casa Pully, la cual según sus creencias algún día lograría unificar el continente de Ospentia.

- Llegó la hora, hermano. Esto es un presagio de los dioses. Por fin el poder absoluto será mío. Ospentia perecerá bajo el yugo de una sola corona – En ese momento surgieron del suelo dos haces de luz oscura que fluctuaron sobre la atmósfera, envolviendo de oscuridad todo cuanto les rodeaban. Un inmenso poder acababa de despertar, y ahora tenía un cuerpo dónde materializarse. El cuerpo de Amadeo se estaba transformando, adquirió un aura oscura, con un cuerpo intangible.

- ¿Qué te ocurre hermano? ¿Estás bien? ¿Qué te ha pasado?- Tyrian no podía creer cuanto sus ojos contemplaban. Cierta sensación de impotencia le envolvía el cuerpo, por más que abría los ojos no podía encontrar a su hermano en aquel extraño ser, simplemente ya no lo era. Como una sombra se abalanzó sobre él, y sin mediar palabra le dio una estocada, dejándolo inconsciente en medio del bosque. Desapareció.
Horas después, en el hospital de Cuerna villa.

- Tyrian, mi querido amigo, ¿cómo se encuentra? – Preguntó Amber válido de la casa Lowell. Era una persona de mediana edad, semblante noble, unos agudos ojos verdes que se clavaban sobre la mirada del resto del resto de personas dándole la facultad de ser muy observador. Llevaba un elegante traje de estilo rococó, muy a juego con un perfilado y estilizado bigote. Como representante de los Lowell, sentía un gran apego por la casa Pully, y por Tyrian, a quién consideraba como un hijo.

- Diversas heridas en el costado, nada que el reposo no pueda curar. Lamento que deba verme en tan terribles circunstancias, no fui capaz de disipar la duda que había en mi hermano. La irá lo cegó, y cayó preso de las artes arcanas… Es todo tan complicado, nuestra casa, la casa Angee cayó debido a la emergencia de la casa Sturgan y es algo que debo asumir. Es por ello, que consagré mis esfuerzos en proteger la casa ancestral de los Pully, y fracasé. – Declaró en unas condiciones paupérrimas. Se encontraba acostado sobre un lecho de paja, dónde paños de agua caliente y licor calmaban sus heridas.

- No lo considere un fracaso, hijo. Es cierto que Amadeo es un tanto incipiente, haré todo lo posible por averiguar su posición. En estos instantes, la cuestión trascendental consiste en la desaparición del patriarca de la casa Pully. Algo oscuro se cuece sobre los 4 grandes linajes de ciudad Platina. El mando de la casa lo ha acogido su hijo Gilbert, pero debido a su prematura edad, ha sido delegado en su madre Susan. Como soberana es espléndida, de férreas convicciones y sé que no se dejará doblegar fácilmente, pero como señalé me preocupa su seguridad, así que te dejo al mando de la educación en la disciplina bélica del joven Gilbert. – Esas últimas palabras pulularon de forma tajante, haciéndose resonar por toda la habitación. El panorama era lamentable, miles de mullidos y enfermos agonizaban un fin predecible, por lo que en tales circunstancias Tyrian podía sentirse incluso afortunado.

- No se preocupe, esa será mi labor a partir de ahora. Lo instruiré en el arte de la espada – Respondió Tyrian, segundos antes de entornar los ojos, y quedar recostado.



Capítulo I: Marisa Bradley – Encuentro -
Siglo XXI. Ciudad Fantasía, Continente de Nueva Inglaterra.

El destino, dichosa palabra. La gente lo suele interpretar como algo abstracto, carente de sentido. En un mundo de contrastes dónde el ego ha usurpado el protagonismo a la razón, dejamos de lado aquello que nos hace humanos, el amor. Nos volvemos peleles de la mediocridad, situando bajo el tintero lo que alguna vez fueron sueños.

La vida es un vaivén de oportunidades, un tren de no parar. Pero no todos disponen de los mismos vínculos que nos hacen sentir amor hacía lo que racionalmente consideramos felicidad, pero que instintivamente es afecto.

Ciudad fantasía era un hervidero de lúgubres calles, dónde la decadencia brindaba futuro a la corrupción, y la proliferación de rateros. Pingüinos con frac surcaban la metrópoli, mientras los habitantes padecían un estado de cuasi desesperación. Aquella noche, la luz era tenue, dejando que las sombras tornaran a enormes manchas siniestras que entristecían la atmósfera. El sonido incesante de la lluvia golpeaba fugaz sobre una acera desolada. La oscuridad desdibujaba el rostro de un joven pálido, probablemente de carácter enfermizo, y moreno, cuyos ojos castaños penetraban sobre una botella de ron a medio vaciar que le otorgaba una leve llama antes de la desesperación. Maldecía de forma incesante su suerte, mientras la gente lo miraba con desdén, haciendo muecas de desprecio. Segundos después cayó exhausto, exhalando lo que serían sus últimos momentos de vida.

La muerte de aquel joven fue contemplada con estupor. La gente andaba como patos sobre un estanque repleto de peces. Al llegar la ambulancia, el forense contempló que una bala del calibre 43 le había perforado el pecho. Como otro de tantos rateros sin identidad fue embalsamado y arrojado a una fosa común, dónde otros antes que él habían experimentado la tiranía del abandono.

Marisa Bradley era una chica tímida, y acomplejada, lo que hacía que no fuera muy popular entre sus círculos de relación. Su constitución era fina y pálida, su pelo oscuro como la noche y sus pupilas que desprendían un verdor intenso hacían entrever una figura de leyenda, cómo si se trata la chica de un cuento inocente que tendría un final feliz.

Lo cierto es que no destacaba en casi nada… No era inteligente, y su inocencia la hacía confiar demasiado en las personas, las cuáles solían ser crueles y engañosas, quizás debido a la envidia. Para colmo, las únicas personas que realmente la apreciaban, estaban muertas. Además, uno de sus mayores tesoros era una especie de agenda heredada de su abuelo, antiguo canciller de Nueva Inglaterra, que poseía una especie de propiedades mágicas, aunque eso sería un factor que pronto conocería.

La imponente biblioteca realizada en un estilo neoclásico, con enormes columnas que imitaban un estilo jónico tardío, con un frontón que recordaba el pasado clásico de Nueva Inglaterra y la entrega de llaves de Ciudad Fantasía, constituía el escenario primigenio de cuanto iría a acontecer. Como todas las tardes, la curiosidad sobre el pasado histórico de su ciudad llevaba a la pequeña Bradley a perderse en aquel sinuoso mundo de libros sin fin. Tenía conocimiento, por su difunto abuelo, de viejas leyendas que conectaban dos mundos, aquella investigación era la única vía de escape que tenía ante una realidad corrupta. Ciudad Fantasía estaba regida por un alcalde que recurría a los contactos con la familia negra y los rateros para ejercer como caudillo de una ciudad en dónde tú eras alguien en relación a los lazos clientelares que mantuvieras con el sostenimiento de una administración que en la praxis resultaba ficticia. Leyendo el periódico contempló con indiferencia un suceso habitual, lo impactante de aquella noticia era que el ratero que había perecido era su misma edad. No tenía nombre. En ese instante, notó un impulso sobrecogedor, el diario de su abuelo emergió, y en sus páginas aparecieron escritas de la nada en una tinta que simulaba sangre un nombre, Peter Rawlinson.

Su mente ávida de aventuras la llevó a indagar en la calle Holmes, dónde encontró un cordón policial protegido por el inspector Johan Sáenz. Quizás el único hombre de orden que aún dotaba a Ciudad Fantasía de un sentido esperanzador.

- Buenas tardes, señorita Bradley, ¿le puedo ayudar en algo? – Su semblante maduro pero marcado por la experiencia la observaba deliberadamente. Era una persona alta, lo que causaba cierta sensación de imponencia y autoridad.

- ¿Puede hablarme de lo sucedido, inspector Sáenz? – Preguntó, posando su mirada sobre lo que parecía un charco de sangre. Sobre él se encontraba alzada una figura espectral, probablemente del chico que había fallecido, pero que aún conservaba su cuerpo interdimensional intacto. Es como si su alma quedara retenida en aquella calle, algo le ataba, y su mirada penetrante se clavaba en sus pupilas como si supiera que podía verle, incitándola a acercarse a él, a participar de la placentera sensación que produce el contacto entre dos hilos que conectan un destino único.

- Esto son asuntos de la autoridad, le pido que lo comprenda señorita Bradley. Otro asesinato más producido por la mala gestión de Ciudad Fantasía. Algún día acabaremos con esta falsa. – Declaró el inspector.

- No se preocupe, inspector. Gracias por la información, y ánimo. Usted es la única razón por la que creo en la justicia.- Cortesía congratulada, que aprovechó para acercarse a la zona dónde estaba aquel joven de mirada inquietante y atrayente. A simple vista, parecía un joven de unos dieciocho años, de pelo oscuro y ojos castaños. Le cogió de la mano, y caminaron hasta llegar a la deriva de una gran plaza compuesta por esbeltos torreones que condecoraban cada una de sus esquinas, por lo que la plaza asimilaba un gran bastión, recibiendo ese nombre por los lugareños. Realmente, se trataba de viejos puestos de Atalayas desarrollados por los lugareños de antaño a modo de vigilancia.

- ¿No me tienes miedo? – Preguntó un poco extrañado. En el fondo, aunque tuviera cuerpo, era un fantasma, y ella era la única persona que podía verle.

- ¿Debo tenerte miedo? ¡Uh, un fantasma! Socorro policía, estoy loca. – Bromeó para aminorizar la tensión del ambiente. – No sé por qué, desconozco la razón por la que tengo un sentido especial, pero soy así desde los nueve años. ¿Cómo te llamas? ¿Quién eres? – Preguntó un tanto curiosa, como dando coba a un instante que podía desvanecerse en cualquier momento, quería asegurarse que era real. En el fondo le resultaba curioso, era un joven apuesto, y eso siempre resulta imponente. Era una situación muy peculiar.

- Peter Rawlinson… llámame Peter. No recuerdo mucho de mi vida. Lo único que recuerdo es mi muerte, una noche de frío junto a la botella de ron de un ratero, una bala atravesó mi costado. En ese momento me sentía aislado, quizás me metí dónde no debía, soy solo producto de la corrupción de un mundo inerte, un grano de arena en la espiral de un tiempo que torna a la inmensidad. La tensión aumentaba por instantes, el impacto de aquello resultó evidente.

- ¿Tienes dónde quedarte? Es curioso. Tu nombre apareció en el diario de mi abuelo, míralo. ¿Qué crees que puede ser? ¿Lo habías visto alguna vez? – Un escalofrío recorría su cuerpo, lo que hizo que resultara insegura de sí haberlo preguntado o no.

- No recuerdo más que mi nombre, y mi muerte. Me gustaría encontrar mi pasado, quizás, sí me ayudaras, juntos podríamos indagar sobre la posible conexión entre el diario de tu abuelo y yo. – Mientras respondía pretendía hacerse el interesante, pero quedo bajo yugo de la austeridad de su pensamiento. Le resultaba difícil pensar más que en sí mismo, pensar cómo había acabado así, pero en su interior luchaba por encontrar en la joven Bradley un motivo que explicara su existencia y la función que habría de resolver.

- ¡Puedo tocarte! ¿No se supone que eres un fantasma? – Preguntó Marisa mientras palpaba su chaqueta de gruesa lana de cordero, y elegantes botones que dotaban al conjunto de un aire desenfadado y elegante.

- Mira – En ese momento traspasó la pared como si solo hubiera vacío entra la materia y él. Marisa lo intentó y se dio de bruces contra la pared.- Creo que sí, que soy un fantasma. Puede que sí, o puede que sólo sea una pesadilla tuya que desea sacarte de quicio. Deberías dejar el opio, querida. – Bromeó para romper un poco el hielo. – Entonces, ¿me ayudarás a recuperar la memoria? – En su rostro se dibujó una sonrisa conciliadora, propia de un noble a la hora de rendir pleitesía a su rival antes de entablar duelo.

- Odio tu humor –pero le encantaba su sonrisa, se quedó pensativa unos instantes.- Está bien te ayudaré si me prometes destruir los vestigios de corrupción que puebla Ciudad Fantasía. – En el fondo, lo que deseaba era conocer los extraños motivos de la muerte de su abuelo, y que tipo de relación tenía aquel fantasma con su diario. También se encontraba ávida de aventuras, y deseosa de romper las cadenas de su monotonía.

- Excelente elección. Tendré que acompañarte, ¿tienes una posada dónde pueda quedarme? – Preguntó en un tono risueño.

- Te quedarás en mi casa. Mis padres no sabrán de tu existencia, ¿ya qué eres un fantasma? – Preguntó de forma irónica.

- Tranquila, seré tan silencioso e interesante, como el mejor libro que descanse sobre tus instantes. Pero te recuerdo, quiero chuches, muchas chuches… mm… ¡ah! Y chocolate. A partir de ahora te convertirás en mi sirvienta, juntos unidos contra el mal. Suena interesante, parecemos dos héroes de comic resurgidos al mundo de la realidad para luchar contra un apocalipsis que resultará inminente. – Esgrimió una gran sonrisa y desapareció. En un tono suave le susurró al oído. Sigo a tu lado, adelante.

- ¿Desde cuándo los fantasmas comen? – habló entre susurros.

- Bueno, digamos que soy un tanto especial. Recuerdas, tengo cuerpo, y mi cuerpo requiere de nutrientes para conservarse tan esbelto.- respondió en un tono presuntuoso.

- O sea, que eres un medio fantasma, medio zombie. – respondió en tono irónico.

- Literalmente no estoy muerto. Me arrojaron al río, embalsamado, creyendo que la bala me había matado. Pero, mírame, sigo aquí en un estado medio vivo, medio fantasma, pero no muerto. Noto que la poderosa fuerza de la vida fluye sobre mí, mientras lo sienta me aferraré a ella, no la dejaré desaparecer, y creo que junto a ti lo podré conseguir. Ahora, recuerda, lo importante será reconocer quien soy. – En ese instante un coche pegó su morro contra la pared, era su amiga Amèlie. Quizás la única amiga a la que Marisa parecía tener confianza.

- Ey, Marisa, ¿qué haces hablando sola? Mira, tengo dos entradas para el teatro, te apuntas. – Preguntó con una curiosa y rápida mirada que la recorría de arriba abajo. Era una chica rubia, de ojos oscuros con tintes grisáceos; alta e imbuida por la moda. Una chica de alta alcurnia, cuya amistad con Marisa se remontaba al jardín de infancia, cuando ambas inventaban mundos fantásticos que escapaban a su imaginación. Desde ese momento, su lazo se fue haciendo cada vez más y más grande, hasta el punto de considerarse como hermanas.

- No, pero si yo… - Dejó de percibir la presencia de Peter, pero sabía que estaba junto a ella, expectante. Intentó actuar con naturalidad.- Por supuesto, ¿qué estrenan hoy? – preguntó en un intento de hacer como si nada de lo anterior hubiera sido real.

- Romeo y Julieta. ¡Oh, vamos Marisa! Saldrá Jak Hunter, el actor más famoso representando al joven Capuleto. Estoy enamorada. Es tan… Es tan genial, que no encuentro motivos… - no acabó la frase, ante la presencia de una banda de rateros que amenizaban con tergiversar aquella escena, dadle tintes trágicos.

- Danos todo lo que lleváis. – amenazó uno de ellos. Tenía pinta de haber llevado ebrio durante días enteros, y su navaja oxidada indicaba que se encontraba una situación de casi desesperación.- Maldita sea, ¿es que no me escucháis? Rafter, Porthos, arrodilladlas. Enseñémosles a estas bellezas que pasa si no me obedecen.
- ¿Qué buscas sucio ratero?- gritó Amèlie. – Marisa por su parte era más tranquila, y serena. Nunca había tenido miedo a los rateros, y ese día no iba a ser el primero.-

- Honor, fama… Oro mi señora, oro es lo que busco. La familia negra nos ha dado licencia para establecer el control. Si morís aquí, nada o nadie podrá salvaros. Soy benevolente, os estoy dando la oportunidad de correr, dejando todo. Pero lo que perseguimos con más ansias, es ese bonito diario que tienes en tu bolso, ¿me lo darás? Noo… ¡Qué pena! Chicos ya sabéis lo que tenéis que hacer. – Rafter el gordo, sacó unas enormes pinzas cuyo sutil uso no era otro que despedazar a su víctima. Por algo le conocían como Jak ‘el destripador’, en mención a un vil asesino en serie que anduvo en el continente de Nueva Inglaterra siglos atrás.-

- Jamás – gritó Marisa. En ese momento Peter monopolizaba sus pensamientos. Un susurro arreció en su oído… “Escribe mi nombre.” Amordazada, sacó una vieja pluma y le asestó un golpe a los ojos del ratero que la tenía presa. En el instante en que este se retorció de dolor, tuvo suficiente sangre fría como para escribir su nombre del diario. Enormes manchas de sangre brotaban de nuevo en sus páginas… Y como un relámpago cegador, salió Peter.

- Rápido, escribe en tu diario que poseo una gran espada. Rápido- gritó, mientras aparecía en el escenario del conflicto para asombro.

- ¿Cómo sabes de repente como usar mi diario? ¿Por qué desapareciste? – Preguntó, mientras las lágrimas le saltaban de los ojos. Era una situación confusa.

- De verdad crees que estos son momentos para explicaciones. Escríbelo. – Gritó como si la vida le fuera en ello. – Como de la nada, brotó de sus manos una enorme y majestuosa espada. Pegó una estocada acompañada de un relámpago azul que envío a los dos rateros que las tenían presas a una dimensión paralela, quizás relacionada con el averno. El jefe de todos ellos huyó maldiciendo su estampa, dejando caer un sobre oscuro con el símbolo de un payaso en tonos rojos.

- ¿Qué? ¿Qué ha sido eso?- Preguntó un poco impactada Amèlie, pero sobreponiéndose a aquella situación.
- Encantado de conocerte, Amèlie. – Besó su mano, y se retiró hacia atrás con gesto respetuoso.-

- ¿Quién eres?- Preguntó Amèlie.

- El señor de Marisa. Ella y yo sellemos un pacto, por el cual se comprometía a ayudarme a recuperar mi memoria, y yo le ayudaba a luchar contra la corrupción de Ciudad Fantasía. – respondió en un tono sereno.
- ¿Qué clase de broma es esta? – Preguntó Amèlie, un tanto molesta por la situación.

- Es cierto lo que dice, Amèlie. ¿Cómo has descubierto la función del diario?- dirigió su mirada hacia Peter en un tondo desconcertante.

- Me preguntas cosas sobre las que desconozco, ciertamente. No lo sé. No desaparecí, solo di una vuelta para aclarar mis pensamientos. En un momento dado algo en mí no marchaba bien, una voz en mi interior me susurró que necesitabas ayuda, y me dijo como usar el diario. Fui corriendo a ayudar a mi sirviente… Además, tenía hambre, y tu eres la única que me puedes ver, no sé por qué, así que dame chuches… - en su semblante se dibujó una gran sonrisa.

- Eres raro, muy raro…, pero me caes bien – esgrimió una sonrisa sincera- Amèlie ¿qué tal si dejamos a Shakespeare para mañana?- preguntó, no dejando opción a una negativa a su respuesta.

- Creo es una buena idea, mañana paso a recogerte, a cosa así como las ocho horas de la tarde. ¿Te alargo? Parece que tu amigo se fue. – Una vez finalizada la transferencia de poder del diario, Peter dejó de existir como un ente corpóreo, volvió a ser un fantasma. El fantasma que solo Marisa podía ver.-

- Gracias, pero creo que iré solo. He tenido ya bastante emoción por hoy, e ir contigo en el coche no ayudaría a que me sintiera mejor. – Sonrió.- Es broma, es broma… Solo necesito despejar la cabeza. Hasta mañana, cuídate.

- Hasta mañana, descansa Marisa. – Mostró un gesto de despedida, mientras soltaba el embrague y el coche se le iba en punto muerto, momento en que pegó un acelerón y logró devorar media acera.

- Y bien… ¿Cuándo dejarás de sorprenderme? – Mostró una sonrisa mientras lo hacía, parecía que por fin su vida empezaba a dar un vuelco. Peter se quedó callado, observándola, le devolvió la sonrisa, y caminaron…

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