domingo, 20 de enero de 2013

Caronte


Caronte


El día desata lo que en otro tiempo fueron copos de rosas y jazmín. Esperanzas sometidas a incertidumbre. Sentimientos elevados a la esfera de un imposible. El desatino de un fuerte oleaje que rompe en la deriva el alma esperanzadora de un nuevo amanecer. La presencia traslucida de su sonrisa, en la lejana inmensidad, tan inquietante e imponente como en un primer momento.

No soy el hombre más valiente de este mundo, ni tampoco el más inteligente. Confinado encuentro mi existencia en el averno de lo posible. No sé como actuar, tampoco es algo que me enseñaron. Un vasto océano se extiende sobre mis pies, en una única dirección, pero sin esperanzas de llegar a lo que muchos tomarían por un destino incierto. Desconozco si estoy vivo, o sí por el contrario erro continuamente buscando salir de las puertas del inframundo.

El cielo parece deslumbrar lo que pueden ser noches eternas, incesantes, sin término ni principio. La brújula se dispara, y el rumbo se muestra turbulento. Mis pies encallados sobre el mástil continúan resistiendo con fatiga la tempestad, mientras a lo lejos parece que se divisa ciertos resquicios de su presencia.

Sin duda, es ella. La madre tempestad materializada en el único deseo que alumbra mi sendero. Las cavernas de Hades envueltas por centenares de lágrimas acumuladas durante siglos, ahora conocido todo aquello como la laguna Estigia, parecían palidecer mi presencia, mientras su esencia se hacía cada vez más lúcida y evidente. En sus manos portaba un viejo cofre, con lo que habría de ser mi corazón. Intacto a pesar del tiempo de yugo bajo las exigencias del Olimpo. En ese instante logró abrazarse a todo cuanto para él era la vida, y desaparecer de las impertinencias del azar. 


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