viernes, 21 de diciembre de 2012

Una noche de virtudes


Una noche de virtudes

Mecanismos que envuelven tiempos pasados vuelven a fluir en noches de jolgorio descontrolado. El solo rechinar del dulce vino morileño era suficiente para saciar los voraces apetitos de cuanto aquella noche sucedió. La cata de vino es un proceso exigente, requiere del uso del más sublime sentido olfativo, mientras sus gotas de rocío mojan tu paladar, dejándote una sensación agria y placentera. La música esa noche no era necesaria, el murmullo variaba su composición como si fuera una melodía cuyos altibajos amenizaban la velada. En medio de la excelencia surgió Gilbert hablando reiteradas veces francés y exaltando su compota comunista. Era una persona de estatura medida, melena castaña y entrecortada, gafas de pasta, una camisa grisácea, unos pantalones a juego con unos zapatos tan negros como el hollín, y unos tirantes; su aspecto desaliñado y ebrio por momentos le asemejaban a un ferrocarrilista que cansado de la jornada laboral había decidido desinhibirse mediante alcohol y lecturas de prosa negra que no tenían mayor fin que la perdición del alma.

-         Oh! Mademoiselle, je peux mettre en valeur vos plus belles vertus. – Repetía mientras el vino de la noche le hacía estragos. Parecía un poco cansado, se tambaleaba de un lado a otro, y regía su virtud de forma medida.

-       Parece que nuestro amado Gilbert ha decidido acogerse a los brazos de Dioniso esta noche. Bienvenido seas hermano, bendita la estampa que corona tu virtud. – Bramó Athos, mientras mecía su perilla. Era un hombre de altas virtudes, de estatura mediana, y muy agreste y vozarrón. No tenía temas tabús, podría tanto hablarte de sandías como de patriotismo hedonista, y sus ojos azules daban firmeza a cuanto esa noche fin. .- Pues el fin del mundo está cerca, moramos como hombres…, que esta vida nos sea leve.

-       Yiioo declaaroo… - Intentó focalizar Gilbert, pero no logró emitir vocablos que se pudieran percibir por el oído humano.

-       No hay nada como el vino, y la literatura, para olvidar los errores del pasado, amigo mío. Ahora bien, hemos de santificar la bendita lasaña que Jean Jullien preparó. – Expuse, para que todo aquel delirio fuera solamente opio pasajero. En ese instante aparició Jullien con una enorme bandeja y ricos aperitivos de foie gras y jamón cocido.


El opio de aquella velada amenizaba lo que iría a ocurrir en aquellos momentos. Cierta tensión se podía palpar en el ambiente, aquello no podría marchar bien… Era una sensación extraña, que me recorría lentamente, quizás un presagio del futuro, no lo sé. Al acabar la lasaña, se sacaron grandes botellas de lambrusco, champán y sidra. De repente, la luz se apagó, y unas extrañas luces de sentido navideño comenzaron a palpitar incesantemente. Pensábamos que era un adorno navideño, pensábamos que Joan King lo había preparado todo minuciosamente, pero no fue así. Luces verdes, blanquecinas, fosforitas penetraron en el comedor. En ese instante la escena se paralizó, no podíamos movernos, quizás era el miedo, quizás era sorpresa… Se abrió una especie de portal hacia otra dimensión. Todo parecía tan tétrico, hasta que Athos quiso indagar. En ese instante la luz desapareció, pero, Athos, ya no era el mismo. Declaro firmemente que no sabíamos que le ocurría, que podría ser lo que le sucediera… El ambiente propiciaba que no nos acordáramos de su nombre.

El demonio se agita a mi lado sin cesar;
flota a mi alrededor cual aire impalpable;
lo respiro, siento como quema mi pulmón
y lo llena de un deseo eterno y culpable.

A veces toma, conocedor de mi amor al arte,
la forma de la más seductora mujer,
y bajo especiales pretextos hipócritas
acostumbra mi gusto a nefandos placeres.

Así me conduce, lejos de la mirada de Dios,
jadeante y destrozado de fatiga, al centro
de las llanuras del hastío, profundas y desiertas,

y lanza a mis ojos, llenos de confusión,
sucias vestiduras, heridas abiertas,
¡y el aderezo sangriento de la destrucción!
La destrucción – Charles Baudelaire

-       Athos, no sabía que conocieras a Baudelaire.- Dijo con una expresión de satisfacción en el rostro, Gilbert.

-       Eso es lo que vos querríais, Baudelaire… Yo solo anuncio el apocalipsis. Hermanos míos, disponeos a morid. – En ese momento su figura adquirió tintes sádicos, y con la misma cuchilla con la que se cortó la lasaña empaló a Marie- Claire. No nos creíamos aquella situación, o al menos pensábamos que no era real, solo una pesadilla de un macabro cronista. Su novio, Dominique, cayó rendido en el suelo entre sollozos, y decidió besarla y quitarse la vida junto a ella. En ese momento de confusión, entre Joan King y yo, asaltemos a Athos, y lo noqueemos en el suelo. Era impresionante su sobrecogedora fuerza, y sus gemidos hacían que desparramara espuma por la boca.

-       ¿Qué haces maldita sea? Maldito bastardo, ¿qué has hecho? ¿Tú eres Athos, verdad?- Preguntaba Jullien, mientras Gilbert observaba la escena con sobrecogedora cautela.

-       Dejadme levantad, maricones. No sabéis lo que está pasando realmente- Bramó indecentemente Athos.

-       Que ha pasado con tu compostura, ¿desde cuándo ya no eres un caballero?- Vociferó Joan King un tanto alarmado.

No pude aguantar la presión, y caí rendido de bruces en el suelo. Respiro u oportunidad aprovechada por Athos para dar una estocada en suelo, y dejar a Joan King lapidado en cuestión de segundos. Maldita sea, maldije mi estampa y la de todo mi porvenir, parecía una macabra escena sacada del Assassin Creed, pero la situación requería serenidad, cuando Gilbert sacó su reloj de bolsillo, y una extraña melodía comenzó a sonar. El reloj se transformó en una larga y delgada espada, propia de la Francia de mediados del siglo XVII, adornada con un elegante grabado en plata cuya morfología asemejaba a la de un león.

-       ¿Eres un león o un huevón? – Bramó Athos.

-       Disponte a morir vil mongrel, mourir, mourir, mourir ... infâme… - Gilbert no podía si quiera sostenerse pero sus estocadas eran certeras, Athos estaba magullado.

-       ¡Oh! El león me ha hecho pupa…  Yo solo os salvo para que no seáis esclavos martirizados del tiempo, embriagaos, ¡embriagaros sin cesar! con vino, poesía o virtud, a vuestra guisa. – vociferaba Athos.

Esa necesidad de olvidar su yo en la carne extraña, es lo que el hombre llama noblemente necesidad de amar. Eso es lo que sentía Gilbert en aquellos momentos. Podría parecer que en su semblante se dibujó una gran sonrisa en el bello rostro de un gigante. La irregularidad, lo inesperado o el estupor de aquella situación hacia que me sintiera distante, impotente. Ahora la lucha debía de dirimirse entre el embriagado Gilbert y la locura de Athos. Pero siempre se dice que no todo es gris, aquella noche todo tornó a negro, finalmente Gilbert cayó bajo el yugo de la lámpara, que atravesó su cuerpo como el impacto que haría en la tierra una canica lanzada desde la capa más alta de la atmósfera. Sus últimas palabras fueron: <espantoso juego del amor, en el cual es preciso que uno de ambos jugadores pierda el gobierno de sí mismo>.

Sólo quedaba yo en pie, y la locura de Athos parecía acrecentarse con cada muerte. Simplemente, cerré los ojos y acepté mi destino. No tenía nada con lo que hacer frente. En ese momento, me encontré en la cama de Joan Jullien, bajo el regazo de una enciclopedia de Tolkien y Cien años de Soledad, un libro que detecto obviamente. Todo había sido una afable pesadilla.


1 comentario:

  1. jajajajajajajajaja Ramón, vuestra crónica de lo acaecido me parece tan apropiada como original. Me gusta =)

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