martes, 6 de noviembre de 2012

Un día lluvioso...


Mis pasos deambulan sobre un sendero sin paradigmas. Miles de huellas dejó tras de mí, miles de recuerdos tratados con delicadeza. Al norte un futuro incierto, al sur un pasado en proceso de deconstrucción. La escasa luz que llega desde la cúpula de estrellas cubre un manto de oscuridad y pesadumbre. Acongojado observo como siniestras figuras se erigen como autoritarias rasgando aquel manto y ocasionan lluvias torrenciales.

Una atmósfera de terror se configura esta noche. En ella cientos de figuras de morfología incierta siguen mis pasos. Mi incertidumbre aumenta por momentos, no comprendo aquella situación. No tengo paraguas, quizás todo sea delirio de mi imaginación. Cansado, con miedo, me siento un poco distópico. Logro alzar en vuelo mi imaginación, me convierto en un fantoche de ideales elitistas y utópicos. Era el caudillo de mi propia imaginación, me veo capaz de enarbolar el fervor de las sombras, de conquistar la noche.

De repente vislumbro una funesta comuna. En el centro me sitúo sobre una especie de altar, sentí una inyección de vitalidad dentro de mí, un impulso hacia la inmortalidad. Vociferando un lenguaje difícil de entender, quizás marcado por las connotaciones mágicas del ambiente, logro la exaltación de estos seres, el asalto hacia la realidad, la conquista de un mundo tendente a la decadencia.

Frente a mí una sombra comienza a pulir su presencia, confundiendo a mis legiones de sombras se acerca sin miramientos. Contemplo como un fino resplandor plateado me tiene sesgado el alma. Una silueta fina y blanca adornada con unos profundos ojos castaños y una melena tiznada de odio se pone a realizarme una reverencia. En ese momento me siento preso de su astucia, sutilmente logra enredarme entre sus garras, como un cordero que ha perdido a su pastor. Me encuentro en otra dimensión, no comprendo nada de lo que veo, un tinte rojizo actúa de envoltura dentro de un ambiente incomodo que me hace sacar un espíritu pasional.

Yo, no soy yo. Soy un pelele movido por sus finas redes, redes que me atrapan y afligen nuestros cuerpos en una masa compacta. No puedo huir, es algo irremediable. Mi paladar con su paladar, mis sentidos con sus sentimientos, nuestras almas independientes se forjan en una sombra de éxtasis y fantasía.

De repente me observo en el camino, me encuentro de lleno en una cruenta batalla de la que caigo presa de un inconmensurable vacío racional que me lleva a la realidad. Me encuentro caminando, sin paraguas, hasta casa. Nada de esto es real, o quizás sí, tras el tintero dejo esta odisea.


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