viernes, 30 de noviembre de 2012

La muñeca de porcelana


La muñeca de porcelana

Inmóvil, quieta, aparentemente sin vida… sobre una repisa de cristal, con un semblante rebosante de majestuosidad estaba situada una muñeca. Su rostro era inexpresivo, carente de vida… pero se podía intuir en ella la presencia de un ánima maldita. Transmitía frialdad e indiferencia.

-       Mama quiero esa, esa muñeca de ahí.

-       Sara es tarde, vayámonos a casa – insistió la madre.

-       No, mamá… la quiero.- gritaba, mientras pataleaba de rabia.

-       Vale hija. – Asintió ante las exigencias de la pequeña.

-       Perdone. Podría ser tan amable de darme aquella muñeca de porcelana.

-       Esta de aquí. Espere un momento, enseguida se la traigo.

-       Gracias.


     - Aquí tiene. Tenga cuidado, su tez es muy frágil. Lleva más tiempo en esta tienda. Desconozco su procedencia, perteneció a los antiguos propietarios del local.

-       Gracias, la cuidaré.

-       Gracias – resoplaba Sara, triunfante al fin.

-       Hasta luego, y gracias por su visita.

Esa misma noche Sara jugó con ella, no podía resistirse ante la novedad que suponía tener una nueva amiga. Era una chica tan hermosa como solitaria. Su mundo se dirimía en su imaginación, no le bastaba nadie más que así misma para ser feliz. Pero ahora había logrado delegar esa función en su muñeca.

Los días pasaron, y Sara se iba haciendo cada vez más grande. En la escuela ya había aprendido operaciones complejas, e incluso sabía recitar Shakespeare a la perfección. En el transcurrir del tiempo estaba conformándose como una persona más sociable, enraizada en la sociedad, lo que dejaba a su muñeca relegada al olvido.

-       Buenas noches señora ¿puedo pasar?

-       Buenas noches María, bienvenida. Sara… ha venido María, baja ahora mismo.

-       Sí, mamá.

-       Buenas noches Sara.

-       Buenas noches María, ¿te quedarás a dormir? Hoy es noche de chicas.

-       Claro, mira, he traído el Scrabble.

El reloj comenzó a marcar la hora, las manecillas parecían correr sin miramientos. Desplegaban el vuelo, todo parecía tranquilo. Nadie se percató de la ausencia de la muñeca. Mientras dormían una melodiosa sinfonía tocaba a ritmo lento un pegadizo vals. Apenas se podía percibir con el oído, por lo que fácilmente pudo ser confundido con los ladridos del perro de los vecinos. Dicen que los animales sienten la presencia del mal muy cerca de ellas…

Pasos, poco a poco más cercanos, pero tan diminutos que igual podría ser un gato callejero entrando por el portal.

Cuando el sonido de aquellos pequeños pasos y el del vals toparon, el silencio se impuso. En ese momento una imagen espectral se configuró en los sueños de Sara. Una figura blanca, cuyas facciones no se lograban entrever la llamaban “Sara… ven conmigo.” Parecía como si la quisiese llevar a un mundo eterno, a otra dimensión. En ese momento despertó sobrecogida.

-       Mm… ¿Qué te ocurre Sara? Te pica la tripita de comer tantas chuches.

-       No, he visto algo.

-       Buu… ¡un fantasma!

-       No bromeo, tía. He visto algo.

-       Te estás quedando conmigo.

-       Jolín.

-       Tranquilízate. Mira, toma, te dejó al señor Ted. Seguro que te dejará conciliar el sueño. Buenas noches.

-       Buenas noches. Gracias, María.

No podía cerrar los ojos, seguía viendo aquella figura. Intentando no montar barullo, se escapó entre las sombras y siguió aquella figura hasta el desván. Hasta el último de sus sentidos estaba confuso, y aterrorizado.

-       Jugamos, ¿Sara?

-       ¿Quién eres?

-       Yo solo quiero jugar.

-       ¿Por qué sabes mi nombre?

-       Tú antes eras mi amiga.

-       ¿Quién eres?

-      

En ese momento la mano de aquella joven traspasó su rostro.  Era un fantasma. Desapareció.

-       Sara, me he llevado tu corazón. Ahora jugarás por siempre jamás.

En ese instante sintió frialdad, se notaba rígida, distinta. Podía ver y escuchar cuanto acontecía a su alrededor, pero no podía interactuar.

Dado el alarido que había pegado cuando descubrió que era un fantasma, su madre y su amiga se despertaron exaltadas y fueron corriendo al salón. Nada quedaba, Sara había desaparecido. De repente el pánico cundió en ellas. En el suelo, encontraron dos muñecas, la vieja muñeca de Sara y otra nueva cuya tez y cabellos recordaba a los de Sara. Entonces, comprendieron que algo oscuro y macabro había ocurrido aquella noche, y tendrían que vivir con aquel tormento el resto de sus días.



No hay comentarios:

Publicar un comentario