miércoles, 14 de noviembre de 2012

La agonía de Bécquer


Como en un libro abierto
leo de tus pupilas en el fondo.
¿A qué fingir el labio
risas que se desmienten con los ojos?
¡Llora! No te avergüences
de confesar que me quisiste un poco.
¡Llora! Nadie nos mira.
Ya ves; yo soy un hombre... y también lloro.

Así se decía el viejo y decrepito Adolfo, mientras se mecía la tez del bigote. Pensaba en cada una de las mujeres que había agasajado en su juventud. Entre sus musas se le dibujaba en la mente la figura de Julia Espín. Una bella mujer que tuvo que dilucidar entre su pasión por el cante o un espejismo, un fantasma de rayo o luz, el amor. Así lo expone la novela de Ana Roja “Julia, Rayo de Luna”:

“Gustavo Adolfo: usted no me ama, la mujer que busca no soy yo. Usted ama a un rayo de luna, a algo etéreo e intangible, a algo que nunca se manifieste para que no pueda defraudarle. Ama a un sueño, a un imposible, a un vano fantasma de niebla y luz. No, no me ama a mí. Pienso que soy una dulce ilusión que creó su mente en un momento de ciego delirio."



Volverán las oscuras golondrinas

en tu balcón sus nidos a colgar,

y otra vez con el ala a sus cristales

jugando llamarán.

Pero aquellas que el vuelo refrenaban

tu hermosura y mi dicha a contemplar,

aquellas que aprendieron nuestros nombres...

¡esas... no volverán!


Volverán las tupidas madreselvas

de tu jardín las tapias a escalar,

y otra vez a la tarde aún más hermosas

sus flores se abrirán.


Pero aquellas, cuajadas de rocío

cuyas gotas mirábamos temblar

y caer como lágrimas del día...

¡esas... no volverán!


Volverán del amor en tus oídos

las palabras ardientes a sonar;

tu corazón de su profundo sueño

tal vez despertará.


Pero mudo y absorto y de rodillas

como se adora a Dios ante su altar,

como yo te he querido...; desengáñate,

¡así... no te querrán!

En esta poesía cargada de magnificencia por sus cuatro costados se exalta a una mujer idealizada, esbelta, de tez pálida, ojos azules, cabello… Para Adolfo no era más que una manifestación de la poesía, su trato, su delicadeza. Quizás fruto de sus desvaríos amorosos con su amada Elisa Guillén, cuyo abandono le hizo virar a la desesperación e iniciar un matrimonio de extinguida pasión con Casta Esteban y Navarro.

Dos rojas lenguas de fuego

que, a un mismo tronco enlazadas,

se aproximan, y al besarse

forman una sola llama;

dos notas que del laúd

a un tiempo la mano arranca,

y en el espacio se encuentran

y armoniosas se abrazan;

dos olas que vienen juntas

a morir sobre una playa

y que al romper se coronan

con un penacho de plata;

dos jirones de vapor

que del lago se levantan

y al juntarse allá en el cielo

forman una nube blanca;

dos ideas que al par brotan,

dos besos que a un tiempo estallan,

dos ecos que se confunden,

eso son nuestras dos almas.

En ese momento recordó su comedido exceso vital por representar la pasión, esa actitud física de erotismo literario, de pasión por la amada. Pensaba en la estética suave, pura y dulcificada que le llevaba a caer preso de los placeres mundanos del goce del amor.

“Por los tenebrosos rincones de mi cerebro, acurrucados y
Desnudos, duermen, los extravagantes hijos de mi fantasía…
El insomnio y la fantasía siguen y siguen procreando en monstruoso
Maridaje.”

Sintiéndose reposado en el monasterio de Veruela mostró un profuso desencanto sobre su vida pasada. Se vio agonizando, buscando una finalidad, un sentido a su estancia. Tras unos instantes de silencio pronunció “Todo mortal”, cerrando sus desgastadas pupilas, esperando un reconocimiento merecido dada tal proeza literaria.


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