miércoles, 28 de noviembre de 2012

El hombre del saco


El hombre del saco

Aquellos como Russell que sienten miedo, horror, pavor… son conocedores de lo inminente. Se le ve como un hombre viejo, decrepito, de barba blanca… parecido a Santa Claus, pero sin un reno que le haga compañía, vaga por las noches en busca de un legado dramático.

El discurso de un anciano que se prolonga al subjetivismo. El fin de un tiempo que nunca conoció, una época que expiró, una actitud desarraigada. El problema de una vida paralela prejuzgada por el folklore español, la dificultad de comprensión, una alternativa al juego de la tecnología.

Maquinaria y ficción, elementos movidos por el azar. Hipocresía, sentidos, mentiras… partes de una máscara que relega a un anonimato irreal. Maestros de la naturaleza, dueños de las tecnologías, mecanismos. Reacciones frívolas, carentes de sentido. Decrepitud de un alma que no comprende cuanto de grande posee.

Russell sigue teniendo miedo, horror, pavor… escondido bajo la mesa implora a un Dios que desconoce el perdón de un acto que nunca ha cometido. Solo, sumido y arropado por la oscuridad, tiembla esperando un fin inminente.

El silencio comenzó a dejar paso al sonar sucesivo de pisadas, a cada paso incrementaban su fuerza. Sombras se arrastraban en mitad de la nada, desaparecen, se camuflan, pero siguen ahí, asechando a cada instante.

El cuerpo le tiembla, el miedo la paraliza, el sonar se vuelve cada vez más intenso. Casi se podría rasgar su presencia. Sombras pugnando por controlarlo, para Russell el fin estaba cerca. “Jamás, Jamás…” se decía desde el fondo de su paralizado y acongojado corazón. Entre la penumbra una mano se arrastra… de repente, la oscuridad desaparece. No era el hombre del saco, sino Santa Claus con una bolsa de regalos. ¡Feliz Navidad!


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